Diario de Navarra, 4 de septiembre de 2006
Carlos Sotelo, jefe de comunicación de Institución Futuro
Bienvenidos al circo electoral. En septiembre comienza la nueva temporada, que culminará con las elecciones locales y autonómicas de 2007. Con la ya excesiva presencia de los políticos en los medios y actos públicos, habrá quien piense que las cosas no cambiarán demasiado, pero lo harán: veremos más comparecencias, inauguraciones, campañas institucionales, duelos al amanecer, declaraciones fuera de tono, rostros excesivamente sonrientes (que se lo digan a Alberto Catalán en el anuncio que UPN difunde en su sitio web) y un afán desmedido por apropiarse de todos los espacios posibles de la vida pública.
La pena es que aunque nos lo tomemos como una comedia de dudosa solvencia artística, la carrera política que comienza es un asunto muy serio. Más, si pensamos en el peso que estos comicios pueden tener para nuestro futuro como navarros y/o españoles.En lo que concierne a nuestra región, uno de los primeros actos será el anuncio del candidato del PSN al Gobierno de Navarra. No estoy en condiciones de especular sobre quién será el elegido, pero ahora tampoco me parece lo más importante. Sobre todo, me preocupa que supeditado a sus juegos de estrategia electoral, el PSOE sacrifique los principios que implantó hace unos años con el propósito de mejorar su espíritu democrático. Parece que lo que fue bueno cuando ganaron Borrell y Zapatero, o lo que es bueno para otros candidatos regionales, en esta ocasión no es tan conveniente para los socialistas navarros. Puesto que nada es sagrado en política, muchos pensarán que la decisión es respetable, entendiendo que hay sobre la mesa cuestiones más transcendentes que las primarias. Sin embargo, no lo creo así. El hecho de romper las reglas del juego cuando conviene nos sugiere que se trata de un partido que rompe fácilmente con sus compromisos y postulados, lo que reduce su crédito ante los ciudadanos. Y al mismo tiempo, nos muestra que, una vez más, los profesionales de la política están dispuestos a bailar con la democracia según les convenga con tal de alcanzar el triunfo. Mientras tanto, los ciudadanos asistimos como convidados de piedra a un banquete en el que nuestro voto sólo alcanza para las sobras.

Bajo otras circunstancias, y conscientes de la mediocridad política que nos rodea, el cambalache de candidatos no tendría mayor efecto. Unos u otros, más o menos parecidos. Sin embargo, para estas elecciones no nos vale el consuelo. Sabemos que las próximas elecciones se inscriben en un momento histórico relevante. La reforma autonómica, el fin de ETA y el futuro territorial de Navarra reclama que quien vaya a representarnos sea un auténtico líder, con la visión suficiente para anteponer el bien de la sociedad a cualquier componenda política o al mero hecho de perpetuarse en el poder. En una democracia madura, el liderazgo se ampara sobre todo en el respaldo de militantes y ciudadanos, quienes en definitiva somos los soberanos. Por tanto, no parece oportuno que se nos presenten candidatos para ser sencillamente aclamados tras ser nombrados a dedo por un politburó. Tales líderes, propios de épocas menos gloriosas, no pueden gozar de la confianza de nosotros.

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