Expansión, 14 de mayo de 2005
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
Para que Europa salga de su estancamiento, se precisa de ciudadanos que ejerzan su libertad con audacia y que se exija a los políticos una mayor coherencia entre lo que piensan y lo que hacen.
Para que Europa salga de su estancamiento, se precisa de ciudadanos que ejerzan su libertad con audacia y que se exija a los políticos una mayor coherencia entre lo que piensan y lo que hacen.
“Las personas nunca se sienten más inseguras que cuando se obsesionan con sus temores a costa de sus sueños” (Cousins). El genuino progreso está unido al ejercicio distintivo de nuestra libertad, sin miedo al fracaso.
Me rechinan los oídos cada vez que oigo que la culpa de todas nuestras desgracias es debida a actuaciones malévolas de políticos. A tanto crítico de salón le suelo invitar a que, en función de sus capacidades, haga algo más eficaz que quejarse ante los ya convencidos.
A la postre, lo único que se consigue con tanto lamento es debilitar la voluntad para actuar. Admiro a los audaces que se atreven a estrenar su libertad cada día, yendo contra corriente de la tiranía de lo ‘politicamente correcto’, mediante la contribución de su tiempo y dinero a organizaciones que defienden activamente los valores atacados. Aunque comparto, en general, la crítica de los modos de hacer política que estamos sufriendo, estimo que la inhibición de los ciudadanos es la aliada más firme de los comportamientos que censuramos.
Quiero recordarles que cuando los políticos actúan de un modo reprochable es porque, de un lado, buscan agradar a una mayoría fácil de ganar, y, de otro, cuentan con que las minorías inteligentes, ésas que por responsabilidad deberían hacer oír su voz, callan.
En el fondo, los que tienen más capacidad de justificar las razones de su descontento prefieren no complicarse la vida y seguir aguantando. El esfuerzo del valiente que se atreve a liderar una campaña civil para defender alguna gran causa es meritorio. La peor esclavitud es la negación del ejercicio de la propia libertad, por la comodidad de no pronunciarse. No querer comprometerse con los ideales que dan sentido a la vida de cada uno es el principio de la pérdida de la propia identidad. Sugeriré tres de las causas que propician la pasividad de los ciudadanos:
Carencia de líderes. Al margen de actores y deportistas, convendrán conmigo que la inmensa mayoría de los famosos son políticos que se han encumbrado en la notoriedad, más por el poder que les ha dado el cargo, que por la autoridad de su competencia profesional previa. Los líderes que trascienden al paso del tiempo son aquellos que consiguen motivar a su país para asumir los sacrificios exigidos para la superación de situaciones difíciles.
Pondré un par de ejemplos: Köhl y Delors fueron los grandes constructores de una Unión Europea, en la que su noble ambición iba mucho más allá del gran mercado de libre intercambio que nos están imponiendo: ellos pretendieron la gestación de la gran nación europea. Por el contrario, Schröder y Chirac son dos pobres vendedores de proyectos, tan complacientes como ineficaces, que anteponen su popularidad a corto plazo con su responsabilidad ante lo definitivo. Parece que no creen con fuerza en lo que dicen, pues no arrastran apenas.
La anestesia del bienestar asegurado. Como demuestra la historia de las civilizaciones, la decadencia aparece cuando existe ausencia de necesidad de competir.
Es dramática la degradación que acontece cuando se prefiere asegurar una mediocre existencia subsidiada, frente al reto de la arriesgada aventura de intentar la excelencia. Perder la primogenitura de la libertad y escapar del reducto protegido, por el plato de lentejas de una supervivencia sin esfuerzo, proporciona una vida frustrada en las más nobles potencias del hombre. La responsable de la esclerosis económica de Europa, síndrome que compatibiliza el estancamiento con la inflación, no es únicamente la consecuencia de una errónea política económica. Es, sobre todo, la suma de unas actitudes poco luchadoras, que prefieren una renta segura y decreciente, antes que enfrentarse a crear riqueza con un riesgo personal.
Ausencia de sociedad civil. En nuestro país, a diferencia del mundo anglosajón, apenas existe sociedad civil, ese movimiento ciudadano por los derechos y libertades de las personas, que lucha de un modo solidario frente al interés del Estado y de los respetables intereses particulares. Es bien sabido que una de las expresiones más vivas de la sociedad civil la constituyen los think tanks independientes, catalizadores de ideas y acción, que promueven la vertebración de la sociedad sin intereses partidistas.
Cuando estas instituciones proponen, con afán constructivo, los grandes retos a los que deben enfrentarse los dirigentes sociales prestan un gran servicio a la sociedad, al inspirar a los líderes responsables las políticas públicas más necesarias.
Ejercer la libertad
Para que Europa salga de su estancamiento se precisa de ciudadanos que ejerzan su libertad con audacia y que se exija a los políticos una mayor coherencia entre lo que piensan y lo que hacen. Con una sociedad civil activa y valiente, los políticos abandonarán el populismo.
Norman Cousins decía que “las personas nunca se sienten más inseguras que cuando se obsesionan con sus temores a costa de sus sueños”. Hay que perder el miedo a equivocarse, pegar una patada en el trasero del statu quo y atreverse a forjar nuevos caminos.

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