Diario de Noticias, 7 de abril de 2010
Ana Yerro, miembro del think tank Institución Futuro
Qué duda cabe que la implantación de ciertas tecnologías en las empresas puede ayudar a mejorar su productividad y su competitividad, sin por ello minusvalorar, todo lo contrario, la importancia del capital humano.

Precisamente ahora, con la crisis económica aún vigente en España y con las empresas reduciendo plantilla debido a la falta de pedidos, la tecnología resulta vital para la supervivencia de las compañías. En este contexto exigente y difícil, cada vez se están dando a conocer más las tecnologías de manufactura integrada, que incluyen las prácticas justo a tiempo -en contraposición a la producción en masa, pretenden fabricar lo que se necesita sólo en el momento en que se requiere para evitar despilfarros-, gestión de la calidad y tecnologías avanzadas de manufactura.

A priori, se podría pensar que la aplicación de estas tecnologías, con una eficacia probada, está muy extendida en el tejido industrial de nuestro país en general y de Navarra en particular. Pero, el estudio Claves de la Economía y la Empresa de Navarra, recientemente editado por Institución Futuro, indica lo contrario. Basándose en las respuestas facilitadas en entrevistas por 203 directivos de plantas industriales navarras de al menos 20 empleados, se concluye que la implantación de estas tecnologías está lejos de alcanzar los niveles deseables para mejorar la competitividad de las empresas manufactureras. Por supuesto que dentro de las diferentes tipologías hay diferencias y, por ejemplo, la extensión de los sistemas de calidad sí resulta elevada, mientras que la introducción de prácticas justo a tiempo es mucho menor. En conjunto, el diagnóstico es claro: la implantación de tecnologías avanzadas en las empresas navarras todavía es insuficiente.

Estos datos nos inducen a preguntarnos por el por qué de la escasa difusión de los componentes de la fabricación integrada en el tejido industrial navarro, a pesar de sus demostrados efectos positivos. Una primera razón es financiera: la inversión necesaria para poner en práctica estos sistemas no es nada despreciable, y el plazo de recuperación de las inversiones, elevado. Por sorprendente que parezca, otra barrera la constituye el desconocimiento de estas nuevas tecnologías y herramientas de gestión, a pesar de sus probados efectos positivos sobre la productividad, la calidad y la flexibilidad. Además, existen varios escollos organizativos: las modificaciones en el diseño del trabajo y el cambio en los roles y comportamientos de los empleados suelen representar un freno considerable, puesto que implican una nueva forma de gestionar los activos intangibles de la empresa.

Analizados los obstáculos, el informe plantea propuestas enfocadas a facilitar la implantación de estos sistemas. Para empezar, sugiere reorientar las políticas de apoyo a las inversiones para hacerlas más selectivas. Parece obvio que se debería primar, por tanto, a aquellas que conlleven la introducción de tecnologías avanzadas de manufactura y su consiguiente aportación a la mejora de la competitividad. Hay que ayudar económicamente a su implantación, pero con criterio.

Otro aspecto que podría y debería mejorarse es la formación que se imparte sobre estas materias tanto en la Universidad como en la Formación Profesional. Una vez detectadas y valoradas las dificultades técnicas que surgen a menudo al poner en marcha tanto las tecnologías como las prácticas de mejora, parece lógico, por tanto, que no se deje sólo en manos de las empresas este tipo de formación, sino que se impulse desde estadios anteriores. Con dicha medida se conseguiría ser más eficiente en la implantación y se evitarían las suspicacias que en ocasiones surgen ante un nuevo sistema de organización.

Una última área que tendría que potenciarse -en mi opinión, tan fundamental como difícil- es el fomento de la cultura del cambio y la mejora de la competitividad dentro de las empresas. El cambio de mentalidad, tan deseable para mejorar el rendimiento, suele encontrar resistencia por parte de varios grupos implicados en la entidad: directivos, trabajadores e incluso, en ocasiones, sindicatos. Contar con el apoyo del mayor número posible de miembros de la organización representa una garantía de éxito en la implantación.

En definitiva, la información y consideraciones expuestas pueden contribuir a que ciertos sectores industriales estén más alerta sobre las posibilidades en innovación tecnológica disponibles, el tipo de ayudas existentes para su implantación y, sobre todo, los beneficios derivados, tanto a corto como a largo plazo, de éstas.  

 

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