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En España hemos tenido elecciones legislativas recientemente con el objetivo de elegir un nuevo Gobierno para los próximos cuatro años. Pero todavía nada hemos oído a ninguno de los cinco candidatos de los principales partidos sobre cómo corregir la principal lacra de este país, que es el desempleo.

El desempleo era en España hace unos dos años de un 16% y, aunque ahora parece que ha bajado, todavía estamos con un 14,5%. Esta cifra hace al desempleo el gran problema nacional, lo que resulta incluso preocupante al compararlo con el desempleo de los otros países europeos vecinos.

Es sorprendente que este desempleo tan elevado y distinto al de nuestros vecinos no haya despertado ni quejas importantes, ni artículos en prensa para analizar las causas de tanta diferencia, tratándose de un tema vital, tanto para el equilibrio social como para la normal convivencia de un país.

Puede ser que desde la perspectiva de los líderes políticos se contemple como un problema no de política nacional sino relacionado específicamente con los gremios de patronales y sindicatos. Pero no conviene dejarlo en ese nivel, pues el desempleo creciente e importante afecta a las familias de un país y acaba produciendo un malestar social general e incluso desequilibrios territoriales emocionales, difíciles de apaciguar.

Me parece que en España tampoco se ha tomado en serio por los Gobiernos la importancia de la tecnología propia como el activo predominante en estos tiempos para la creación de empleo: el problema actual es, en mi opinión, que la tecnología ha irrumpido con tal fuerza en la sociedad que es difícil la creación de nuevo empleo (que es lo que España necesita ahora) sin ligarlo, relacionarlo o producirlo a través de las nuevas tecnologías. Muy a menudo hay que seleccionar y apostar por una nueva tecnología, la cual, si es exitosa, atraerá otras tecnologías que acabarán produciendo más empleo. Esto es lo que está sucediendo en los países más avanzados y es lo que terminaría solucionando el problema del paro en España.

En mi vida profesional, como ingeniero industrial, experimenté una experiencia parecida a lo antes descrito cuando en el año 1977 me trasladé de vivir en USA a Madrid. Me atrevo a contarlo para tratar de explicar las soluciones que, basándose en las nuevas tecnologías, puedan ayudar a resolver el problema del paro en España.

Después de estar trabajando unos tres años en USA y cuando ya estaba terminando un curso especial en la Harvard University, alguien me ofreció volver a España a trabajar en una empresa de alta tecnología como director general ejecutivo. Finalmente acepté la propuesta. Era el año 1977.

Resultó ser una empresa con cien empleados situada en un pueblo cercano a Madrid, y efectivamente trabajaba en la alta tecnología de radares, sistemas de defensa aérea y sistemas de control de tráfico aéreo. Sin embargo, las tecnologías que se manejaban eran propiedad de una empresa norteamericana que las había subcontratado por medio de licencias tecnológicas. El hecho de ser licenciatario y no propietario de la tecnología usada pronto empezó a resultar un problema, cuando, con el ansia de crecer, intentamos tanto la expansión internacional como la diversificación a otras aplicaciones tecnológicas. Como consecuencia de ello, en 1979, en la dirección ejecutiva tomamos la decisión de cortar con la licencia tecnológica norteamericana y hacer que la empresa desarrollara y trabajara con tecnología propia solamente.

Fue una decisión arriesgada y así lo vio el comité de empresa, que notificó veladamente al consejo de administración su desacuerdo con la decisión de la dirección ejecutiva, advirtiendo que estaban en peligro los cien puestos de trabajo entonces existentes. Ante tamaño desafío, el presidente y todo el consejo escucharon los razonamientos del comité de empresa, pero finalmente apoyaron al director ejecutivo, aunque solo por dos años. No obstante, ese mismo consejo paralelamente tomó sin esperar los dos años la decisión de vender la empresa a un grupo francés. Gracias al apoyo de un gran banquero español que nos ayudó, se pudo contraofertar la propuesta francesa y así la empresa siguió siendo de capital español, aunque para ello hubo que depositar hipotecas personales y formalizar préstamos también personales.

Diez años después, en 1989, esa empresa, ya con tecnología española, creció en gente y en tecnologías de una forma singular. Habíamos ya realizado numerosos proyectos de ATC (air traffic control), incluido el aeropuerto de Moscú y además nos habíamos diversificado hacia tecnologías de guerra electrónica, simulación para aviones de combate y radares tridimensionales para la OTAN. En lo relevante al empleo, y sin buscarlo, pasamos de 100 a 1.500 empleados. Además subcontratamos mucho trabajo a los suministradores locales españoles cercanos a nuestras fábricas. Por otro lado, la empresa se extendió a cuatro plantas más en España. En Europa nos extendimos con una planta en París y otra en Londres.

Esta soberanía, con su aumento del mercado y del empleo, la pudimos ejercitar desarrollando tecnologías propias, que te permiten emprender programas nacionales o internacionales específicos, así como establecerte allí donde crees que tiene sentido tecnológico o económico hacerlo.

Solucionar el crecimiento que demandan las nuevas tecnologías, con fábricas nacionales trabajando con licencias tecnológicas extranjeras, como es el caso del automóvil en España, es una posible solución, pero no ayuda a resolver el problema del paro. Tomando como ejemplo el automóvil, creo que hay en España unas diecisiete plantas para la fabricación (o más bien el montaje final de piezas y componentes importados) de los automóviles (ninguno español) producidos en España. Como ejemplo, y según datos de Wikipedia, una fábrica de automóviles en España, con tecnología extranjera, que factura unos 3.000 millones de euros al año, tiene unos beneficios en España de unos 65 millones de euros y emplea a unos 4.500 empleados españoles.

La empresa española donde decidimos fabricar radares y sistemas varios con tecnología propia desarrollada en España factura hoy también unos 3.000 millones de euros al año, obtiene unos beneficios en España de 161 millones de euros (que pagan sus impuestos aquí), pero la gran diferencia está en que esta empresa da trabajo hoy a más de 20.000 empleados españoles en España, además de otros 10.000 empleados fuera de España.

Es difícil de comprender que, con la necesidad urgente que tiene España de empleo, ningún candidato a presidente del Gobierno en las últimas elecciones nada diga, ni de pasada, sobre políticas tecnológicas o políticas de empleo a adoptar.

Pero en España hay un problema de empleo. Recordemos tanto los datos del PIB/cápita (PIB/c) como el desempleo (D) de los países relacionados o vecinos: Alemania (PIB/c, 44.550 euros; D, 3,1%), Francia (PIB/c, 33.819 euros; D, 8,8%), Italia (PIB/c, 31.948; D, 10,7%) y España (PIB/c, 28.359; D,14,5%).

Disminuir el desempleo nacional y aumentar el PIB/cápita deberían ser considerados como el problema principal por nuestros recién elegidos líderes políticos. Y para resolver ambos problemas, el desarrollar tecnologías propias, fomentando el que nuestros empresarios actuales o potenciales decidan apostar por ello, con un apoyo total y comprometido del Gobierno de España, debería ser un objetivo prioritario y fundamental del nuevo Gobierno, con independencia del partido político que haya ganado las elecciones.

Además y con respecto a la imagen de país, el problema de autoestima del ciudadano común de cualquier nación, tiene mucho que ver con la satisfacción y la seguridad que te da vivir en un país con un gran PIB nacional y un pequeño desempleo. Las cifras arriba señaladas pueden ser la causa principal del desasosiego actual que, mezclado con las cuestiones de identidad, pueden acarrear serios problemas de convivencia.


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