Expansión, 19 de agosto de 2006
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
Parece propio de la época estival tratar la gestión del ocio infantil y juvenil como oportunidad educativa para forjar valores y virtudes en la personalidad del niño. Este aprovechamiento es especialmente conveniente si tenemos en cuenta el pésimo resultado obtenido por España en el último estudio de la OCDE sobre la enseñanza secundaria.
Sólo son peores que nosotros Portugal y Malta. Si el futuro de un país es la consecuencia de su calidad de Educación, nuestro porvenir apunta a ser lamentable. Probablemente, la razón de ese deterioro es la escasa valoración del esfuerzo individual, situación que perjudica la optimización de las potencialidades intelectuales.
La formación académica y humana resulta peor si, tras un deficiente sistema escolar, el niño utiliza mal su tiempo libre. Hoy, con frecuencia, al niño se le ‘aparca’ en la televisión, en el ordenador (Internet) o en el videojuego para que nos deje trabajar. Aunque se observa que el chico suele preferir jugar con sus amigos a los pasatiempos electrónicos, al no tener factible esta opción, para aburrirse menos acaba ‘enganchándose’ a esos artefactos. Los padres que no pueden atender el tiempo libre de sus hijos, antes de darles ‘barra libre’ en el contenido de su ocio, deberían buscar la colaboración de algún club juvenil regido por alguna institución sensata.
Para valorar los riesgos del ocio digital infantil utilizaré un riguroso estudio de los profesores Xavier Bringué y Fernando García. El informe revela que si los niños tuvieran que elegir entre TV e Internet, un 32% optaría por la tele y un 38% por navegar en la Red. Igualmente, un 47% prefiere los videojuegos, frente al 34% que elige la televisión. También destaca el estudio que el 61% de los niños afirma estar solo cuando se pone a navegar por Internet y un 35% de los padres no instruye ni controla a sus hijos de ninguna forma. Es triste que el desconocimiento de las familias llegue a que San Andreas, uno de los videojuegos más violentos, haya sido uno de los más vendidos. Los padres no saben que si un niño ve violencia constantemente se acostumbra y propicia este comportamiento (en las etapas tempranas del desarrollo cognitivo el niño no distingue del todo bien entre realidad y ficción). Lo mismo ocurre con la trivialización del sexo de algunos videojuegos, que favorece la promiscuidad y perjudica el fortalecimiento de la voluntad.
Hace unos meses en Inglaterra dos adolescentes se suicidaron tras ser persuadidos por Internet. Hay casos de chicos que, a través de chats, contactan con adultos desconocidos y se reúnen con ellos sin que lo sepan sus padres. Es inconcebible que, así como hay leyes que impiden el acceso de niños y adolescentes al alcohol o el tabaco, nuestros legisladores no hagan leyes que regulen actividades que pueden provocar conductas violentas o antisociales. No es suficiente que los videojuegos incluyan la recomendación de la edad en las cajas, pues esta ley no es vinculante para las tiendas; es imprescindible impedir que las tiendas vendan juegos de adultos a menores. Respecto a Internet, convendría que los ordenadores que vayan a ser utilizados por niños tuvieran instalado un filtro que les proteja de los peligros de la red.
El ocio digital puede ejercer también muchos efectos beneficiosos y sería un error que, en lugar de controlar su uso, se proscribiera totalmente de los hogares. Lo capital es que los padres conozcan qué ven sus hijos en la TV, para qué usan Internet o el teléfono móvil, y qué videojuegos utilizan. Una buena norma es que estos aparatos estén en los lugares comunes de la casa, como la sala de estar, para que los padres, a la vez que hacen otra actividad, controlen en qué invierten sus hijos el tiempo. Hay videojuegos como Aitoi, Buzz, Nintendogs o FIFA 2006 que apuestan por el fenómeno del videojuego social es decir, en equipo, lo que permite participar a toda la familia. La educación que le dé a su hijo constituirá su mejor patrimonio. Lo importante no es sólo la buena elección del centro educativo, sino, sobre todo, la calidad de la atención que dedica a sus niños.
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