Expansión, 25 de junio de 2005
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
La pobreza se combate mejor con la libertad que con la compasión colectiva. La dignidad de las personas pobres requiere que les ayudemos a que vivan de su trabajo, no de la beneficencia.
La pobreza se combate mejor con la libertad que con la compasión colectiva. La dignidad de las personas pobres requiere que les ayudemos a que vivan de su trabajo, no de la beneficencia.
¿Servirá la condonación de los 40.000 millones de dólares a los dieciocho países más pobres para resolver el problema de la pobreza en el mundo? El análisis de las veinte publicaciones mundiales más prestigiosas realizado por el think tank que dirijo concluye que, aunque hay opiniones para todos los gustos, en general, predomina una percepción pesimista. Parece que, en todo caso, será un alivio transitorio, con el riesgo de que, en un horizonte más largo, esta cancelación pueda ser inútil, e incluso perjudicial, si fomenta la irresponsabilidad del endeudamiento.
Echar la culpa de la pobreza a la globalización es el recurso fácil de los que atacan la libertad de mercado. La globalización no es la causa de la pobreza de los países, sino que la miseria es la consecuencia de la exclusión de los beneficios de la globalización.
Hay mucha hipocresía en esta condonación. La tranquilidad inteligente de nuestras conciencias exige acciones que permitan a los países pobres poder competir con las naciones ricas. La eliminación de la pobreza se consigue menos desde el sentimiento y la prescripción de soluciones caritativas, que desde el pragmatismo de la renuncia a las prácticas proteccionistas que impiden que esos países tengan una economía eficaz. Todos sabemos que los países subdesarrollados necesitan la supresión de los aranceles para poder comerciar y que los productos agrarios dejen de estar subvencionados en la UE y EEUU.
La dignidad de las personas de los países míseros requiere que dejen de depender de la beneficencia internacional y que aprendan a generar su propio desarrollo. La liberalización es la opción más eficaz para resolver paulatinamente la pobreza. China y la India son dos ejemplos precursores. Oxfam, un grupo reivindicativo, estima que un incremento en un 1% de la participación de África respecto a las exportaciones mundiales tendría el valor de cinco veces la participación del continente en ayuda y condonación de la deuda. La abertura del comercio internacional es el arma más fuerte para combatir, de un modo estructural, la pobreza.
Si las exportaciones de África crecieran en un 1%, esto se traduciría en ingresos de más de 40.000 millones de dólares al año. Este dinero aceleraría el movimiento de lucha contra la pobreza mucho más rápido que los donativos internacionales. Según los cálculos del Banco Mundial, los beneficios de la liberalización de los intercambios pueden alcanzar los trescientos mil millones de dólares en 2015, siendo los principales destinatarios los países más pobres.
Efecto perverso
Otro efecto perverso es el comportamiento de algunas multinacionales que compensan su riesgo de permanecer en países inestables con concesiones gubernamentales abusivas. Lo que mantiene pobre a África no es una falta de compromiso político, sino la tremenda rentabilidad del sistema actual. Así, de acuerdo con un informe del Banco Mundial, la paupérrima África ofrece los más altos retornos a la inversión directa de cualquier lugar en el mundo.
África es pobre porque sus inversores y acreedores son increíblemente ricos y por la falta de transparencia de las transacciones.
Perdonar la deuda de países resuelve el problema inmediato de países, cuyos acreedores son entidades públicas -como Etiopía y Ghana-, pero no beneficia a los países que obtuvieron grandes préstamos desde bancos privados. Más aún, los prestatarios fueron frecuentemente regímenes no democráticos que aceptaron intereses muy por encima de los que ofrecía el mercado, con tal de obtener dinero rápido. La condonación de la deuda no sirve de mucho, si, acto seguido, no se adopta, por parte del Gobierno beneficiado, un comportamiento financiero sano, condición difícil de cumplir si el país carece de estabilidad política.
La gran preocupación de la condonación de la deuda es que el perdón de los créditos del FMI supone debilitar su balance y su capacidad futura de préstamo. Cada vez que el FMI, Banco Mundial y el Banco para el Desarrollo de África perdonan un dólar, tienen también un dólar menos para prestar.
Paul Krugman dijo que “el espíritu mercantil y el afán de lucro han hecho mucho más para un gran número de gente pobre que toda la ayuda humanitaria y todos los créditos blandos concedidos por todos los gobiernos y todas las ONG del mundo a la vez.” Al hilo de esta afirmación, se debe recordar que el primer motor para el crecimiento no es el Gobierno, sino el sector privado.
El Grameen Bank, ese banco que presta dinero a pobres sin garantías, en un 94% a mujeres, demuestra que se reduce más la pobreza desde el apoyo a la libertad de los ciudadanos que desde la compasión hacia unos gobiernos que, en ocasiones, son malos gestores o, lo que es peor, son corruptos.
La globalización no es la causa de la pobreza de los países, sino que la miseria es la consecuencia de la exclusión de los beneficios de la globalización.

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