Diario de Navarra, 1 de noviembre de 2015
Belén Goñi, directora general de Institución Futuro

No voy a ser nada original en este artículo, porque la reflexión que quiero compartir con ustedes es un pensamiento que seguro que ya han tenido y comentado en muchas ocasiones. Me refiero a esa cola universal que puede pegar cualquier cosa, por muy diferente que sea e independientemente de su textura, color o consistencia: el nacionalismo.

Últimamente estamos viendo unas amalgamas de partidos que resultan cuando menos curiosas. Cuando se forman para ir juntos a las elecciones o para formar Gobierno, todo es posible y de color de rosa. Que usted es partidario de la libre empresa y yo leninista, no importa, nos pondremos de acuerdo porque somos nacionalistas. Que usted es partidario de la libertad de educación y de elección de centro y yo de la escuela pública de modelo único, no tiene importancia, uniéndonos el nacionalismo, lo demás es fácil. Que usted es partidario de una Administración pública pequeña eficaz y eficiente y yo, por el contrario, de una administración grande porque lo público es mejor… ¡Pequeñeces! Siendo nacionalistas esto esta “chupao”. Que usted es cristiano y yo no, no importa, nos pondremos de acuerdo. Y así podríamos seguir con un montón de cosas.

Y claro, el papel lo aguanta todo, pero llega un momento en que toca gobernar. Y entonces hay que decidir sobre cuestiones concretas que obligan a tomar posición. ¿Pero cuál? Pues nada, a negociar e intercambiar cromos. Al final esto acaba en que, por muy buena voluntad que se tenga, se hace imposible abordar con sensatez las cuestiones importantes y de futuro y se gasta mucho más tiempo en negociar con las distintas sensibilidades que en gobernar. Si miramos a Cataluña de manera objetiva vemos cómo una región que era puntera y envidiada por el resto de las regiones, la primera en casi todos los rankings, ha ido perdiendo puestos a medida que el tiempo y los recursos (que siempre son limitados) se desviaban hacia cuestiones que poco tienen que ver con el desarrollo socioeconómico del territorio.

Se realizan actividades de “superficie” como cambiar nombres de calles, suprimir todo lo que huela a religión de la vida pública, apoyar la doble rotulación mientras, los grandes proyectos, en los que la comunidad se juega mucho, se paran “para estudiarlos”.

Eso sí, se avanza mucho en nacionalismo, que es lo que une. Y así, se aboga por la educación pública y la revisión de conciertos salvo a las ikastolas por “su contribución durante décadas a la normalización del euskera”. Y me pregunto yo por qué tiene más mérito la euskaldunización que la contribución a la atención de estudiantes con dificultades que hacen Salesianos o Catalinas, o la aplicación de inteligencias múltiples a la enseñanza que hace Jesuitinas, por poner algún ejemplo. Según decía el ex-consejero Iribas en sede parlamentaria, los resultados PISA del modelo D en Navarra eran peores que los de los demás modelos. Entonces ¿paramos el modelo D como el PAI para estudiarlo? ¿O intentamos extenderlo al máximo? Porque lo importante para mejorar la educación qué es ¿el idioma y a la titularidad público-privada de los centros? ¿a eso vamos a dedicar la legislatura?

Por suerte, en la Administración hay muy buenos funcionarios con gran vocación de servicio y enfocados a la tarea que siguen realizando su labor y la propia inercia del sistema hace que no se note tanto el parón a corto. Pero mientras Navarra se ralentiza, los demás siguen avanzando. Porque en un entorno global ya no se compite con las otras 16 Comunidades Autónomas, sino que se compite con el mundo. Ya en la última comparativa regional con 262 regiones europeas Navarra, que ocupaba el puesto 142, tenía problemas de competitividad en varios aspectos como preparación tecnológica, infraestructuras o sofisticación empresarial. Todos ellos temas que exigen dedicación para su mejora. Y el riesgo no es solo que no mejoremos y nos ralenticemos, sino que se corre un serio peligro de empeorar lo que va bien.

Es comprensible y legítimo que un Gobierno nacionalista impulse el nacionalismo pero la pregunta es ¿a costa de qué? Porque, insisto, el tiempo y los recursos, nos guste o no, son limitados.

Navarra tiene por delante muchos retos, y entre los más importantes, la reactivación económica para que todo el navarro que quiera trabajar pueda hacerlo recibiendo un sueldo digno. Y esto solo se consigue con más y mejores empresas. El trabajo del Gobierno en este ámbito es crear un entorno óptimo para hacer negocios y en la medida que estos proliferen recaudará más y podrá redistribuir más y mejor. ¿Será capaz de hacerlo este cuatripartito? ¿O se limitará al populismo nacionalista? Yo sinceramente, y por el bien de todos nosotros, espero que sí pueda.

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