Nueva Gestión, 15 de septiembre de 2008
Ana Yerro, responsable de Comunicación de Institución Futuro
Desafortunadamente, aunque Navarra posee en FP una experiencia amplia y valiosa, existen notables recelos hacia ella.
Dos tercios de los jóvenes españoles de 16 años, a la hora de decidir qué tipo de estudios van a realizar a continuación, se decantan por comenzar el bachillerato, antesala de la Universidad, mientras que apenas una tercera parte opta por emprender estudios de Formación Profesional (FP). En otros países como Alemania o Reino Unido, sin embargo, la proporción es la inversa: mientras buena parte del alumnado tiende a aprender una profesión, sólo un tercio de estudiantes de 16 años piensa en realizar estudios superiores. Este hecho no significa que en estos países los estudiantes estén peor preparados para su futura vida laboral, en absoluto. Lo que significa es que allí la FP tiene más salidas que en nuestro país y, además, no está mal visto, sino todo lo contrario, que un joven se decante por ella. En Navarra la situación es bien distinta. Un reciente informe del Centro para la Competitividad de Navarra, “Invertir en las personas: formación y productividad en Navarra”, advertía de las debilidades de la FP. En especial, ponía el énfasis en los persistentes prejuicios sociales hacia este tipo de educación. Desafortunadamente, aunque Navarra posee en cuanto a FP una experiencia amplia y valiosa, existen notables recelos hacia esta modalidad educativa, actitud que no sólo se da en Navarra, también en el conjunto de España. Perdura todavía la idea errónea de que los estudios superiores universitarios son los que otorgan a los estudiantes una mejor preparación para los puestos profesionales de máximo estatus social, mientras que la FP queda reservada para los jóvenes con menos capacidades intelectuales. Sin embargo, la realidad revela a diario que el éxito profesional no siempre va asociado a una titulación académica superior. Es más: en España hay un desequilibrio entre la oferta de titulados y la demanda, por parte de las empresas, de trabajadores con formación intermedia y muy especializada y profesional. Este hecho se traduce en una pérdida de competitividad por parte de las empresas, que no logran encontrar personal lo suficientemente especializado y cualificado. La escasez de sintonía entre empresa y formación está haciendo que los perfiles educativos de la FP no estén acoplados a las necesidades empresariales. La consecuencia es negativa: el sistema productivo no puede aprovechar a fondo todas las potencialidades del capital humano disponible. De ahí que exista una cifra considerable de titulados universitarios muy cualificados en situación de paro y subempleo. No cabe duda que los prejuicios no son el único motivo por el que los jóvenes no deciden embarcarse en la FP. Existen otras debilidades, como la necesidad de desarrollar una oferta formativa relacionada con la demanda local, la adaptación del sistema a las necesidades de la población adulta y mejorar la calidad de la formación ofrecida y hacerla más flexible. Mientras los mencionados prejuicios sociales perduren, existan deficiencias en el funcionamiento del sistema educativo y un mayor número de estudiantes no se decanten por la FP, las empresas seguirán teniendo problemas para encontrar determinados perfiles profesionales. Como el valor más preciado de la economía para su desarrollo, el rasgo diferenciador que la hace competitiva, es la formación del capital humano, es razonable afirmar que sin un capital humano formado y especializado, habrá consecuencias negativas para la productividad y competitividad de nuestras empresas.
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