Expansión, 27 de mayo de 2006
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
Uno de los rasgos negativos que caracteriza a nuestra época es la escasez de genuinos líderes sociales. Hubo tiempos en que la sociedad disponía de personas con carisma que, con el ejemplo de sus vidas, arrastraban a los ciudadanos a la lucha personal por mejorar.
La suma de los esfuerzos individuales tenía una consecuencia: la irrupción de una cultura que promovía la responsabilidad y excelencia colectivas. La mención clásica en política económica es Konrad Adenauer, quien provocó el resurgimiento de la Alemania devastada tras la Segunda Guerra Mundial. En regeneración moral el ejemplo paradigmático es la autenticidad de la primitiva Cristiandad, que tanto bien hizo en el degenerado Imperio Romano.
A veces parece que la condición previa para que surja el renacimiento cívico y moral es que la desgracia se haya cebado en un país, algo que no tendría por qué ocurrir. Probablemente, Europa está tan aburguesada porque sus líderes tienen algo de maniquíes al gusto de los estereotipos de moda: su electoralismo les lleva a decirnos lo que queremos oír, y así no se avanza. Figuras como los padres de la UE, Robert Schuman y Alcide de Gasperi, estadistas que además compartían una religiosidad profunda, no son en la actualidad fáciles de encontrar.
Es triste que la palabra líder se asigne casi en exclusiva a políticos y gobernantes. Esta adscripción es la secuela de una sociedad civil muy pobre, sin sitio en los medios que forjan opinión y otorgan notoriedad. Personas que han creado tanto empleo y riqueza, como Tomás Pascual o Amancio Ortega, pasarán a la historia como unos magníficos empresarios, pero su carisma emprendedor no llevará a emularlos: la prensa, la radio y la televisión prestan escasa atención a su ejemplo de tesón perseverante.
Otro factor a considerar es si el modelo de democracia que hemos montado es atractivo para que se incorporen a la política aquellos que se ganan bien la vida en la esfera privada. Conozco varios arrepentidos que abandonaron el cargo público cuando vieron que apenas podían emplear su profesionalidad en trabajar por su país: dilapidaban su energía atendiendo la bronca permanente del adversario político. En estas condiciones es muy difícil que puedan surgir líderes.
Confundir liderazgo con victoria electoral es un error. Si estudiamos a los presidentes autonómicos veremos que hay de dos tipos: los que han hecho progresar económicamente a su región y los que la han perjudicado. Al comparar unos y otros es sorprendente que Madrid y Navarra, las dos Comunidades Autónomas que suelen encabezar la mayoría de los rankings económicos, sean las regiones donde los presidentes tuvieron mayor dificultad para alcanzar el poder. Sin embargo, Andalucía y Extremadura, las que más fondos comunitarios y recursos nacionales han recibido, son las últimas en índices tan importantes como el de la convergencia frente a la Unión Europea y, a pesar de ello, obtienen victorias electorales impresionantes.
Puede ser que llevar un cuarto de siglo en el poder genere un cierto clientelismo electoral entre los beneficiados de las prebendas. También es probable que la cultura de la subvención anestesie la voluntad de las personas para emprender, y que la necesidad agudice el ingenio y a la postre la competitividad, pero estas posibles prácticas son insuficientes para explicar las victorias pírricas de unos y las contundentes de otros.
Lo que concede el éxito electoral no es el desarrollo económico conseguido, sino la imagen que se proyecta. Esto debería mover a que los que hacen avanzar sus regiones se esfuercen en saber ‘vender’ sus logros. La segunda razón, que también impide la existencia de líderes, tiene su raíz en la ingratitud, hija de la envidia y la ignorancia, que tan bien describe Murillo Ferrol: “Si bien no es cierto que toda mala acción recibe su justa recompensa, sí lo es que jamás una buena acción queda sin su merecido castigo”.
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