En un reciente trabajo que hemos realizado en el Centro para la Competitividad de Navarra se compara nuestra economía con un grupo de 97 regiones europeas seleccionadas por su mayor prosperidad o su mayor crecimiento. En el estudio se reconoce que los resultados alcanzados por la economía navarra en los últimos años han sido muy positivos.

 

 

La renta per cápita ha crecido en la última década a una tasa media anual próxima al 7%. En el pasado trienio, la economía navarra mostró tasas de crecimiento de su producto interior bruto en términos reales superiores al 3%. Esta evolución ha situado a nuestra Comunidad en el grupo de cabeza de las regiones europeas con mayor nivel de renta personal.

Sin embargo, al compararnos con las regiones europeas más prósperas, observamos que el cuadro presenta algunas debilidades notables. La principal nos indica que si la economía navarra quiere situarse al nivel de las regiones líderes de Europa, debe mejorar sustancialmente su productividad. Es la evolución de esta variable lo que diferencia claramente la capacidad de crecimiento de las regiones más dinámicas y competitivas con la de Navarra.

La posición de la Comunidad Foral se ha definido fundamentalmente por sus mejoras en el nivel de empleo, mientras que la productividad por hora en Navarra se encuentra todavía alejada de la obtenida por las regiones europeas más desarrolladas. La cuestión que se plantea es ¿por qué nos debe preocupar la evolución de la productividad? La riqueza y el crecimiento de una región dependen de la eficiencia y eficacia con la que se usan sus recursos. Esta productividad viene impulsada no sólo por la buena asignación que se hace de los factores, sino que también depende de la calidad e innovación de los productos, su diseño y su originalidad.

Estas características ofrecen valor a los consumidores y permiten diferenciar y establecer mayores precios. En una economía competitiva la productividad también es importante porque determina la remuneración de los trabajadores e inversores, en concepto de salarios y rendimientos de capital. Así, economías y actividades altamente productivas garantizan a sus ciudadanos salarios y rentas elevadas, sin poner en cuestión la supervivencia de sus empresas, mientras que negocios de baja productividad sólo pueden ofrecer bajos salarios y modestas rentabilidades.

Además, la evolución de la productividad nos marca el límite a nuestras posibilidades de mejorar el nivel de vida. De este modo, si sistemáticamente el crecimiento de la remuneración de los factores es superior al crecimiento de su productividad, las empresas verán aumentar sus costes medios, perderán competitividad y tendrán, con el paso del tiempo, enormes dificultades para sobrevivir en un escenario donde la competencia en precios es cada vez más agresiva. Este efecto se reforzará porque las empresas y economías menos productivas perderán cuota y presencia en los mercados nacionales e internacionales y resultarán menos atractivas para inversores y trabajadores.

Así, la competencia afectará a las empresas menos productivas hasta acabar expulsándolas y reducirá el empleo y la riqueza que generan. En definitiva, nuestra capacidad para generar riqueza, que viene dada por la organización de nuestro sistema productivo, condicionará nuestro futuro: el perfil de inversores y trabajadores del que dispondremos y el nivel de renta que alcanzaremos. Por ello, si aspiramos a mantener nuestra trayectoria de crecimiento y bienestar, necesitamos hacer un esfuerzo colectivo para diseñar nuevas acciones, programas y políticas públicas innovadoras que nos ayuden a mejorar la productividad del conjunto de las empresas e instituciones de Navarra.

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