Expansión, 29 de abril de 2006
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
Este domingo se cierra la central nuclear de Zorita, tras 37 años de funcionamiento. La causa ha sido la obsolescencia del reactor. En esta semana también se cumple el vigésimo aniversario del grave accidente de Chernobil.
Ambos eventos reforzarían la postura antinuclear si no se diera una fatal coincidencia: el precio del petróleo está en máximos y la tendencia es que siga aumentando. Según algunas estimaciones, el precio del barril Brent puede alcanzar los 85 dólares a final de año.
La situación del mercado del petróleo y del gas es compleja y problemática. La demanda disparada de crudo de China y la India, la insuficiente capacidad de refino y la situación conflictiva de Irán, Irak, Venezuela, Nigeria y Argelia hacen prever precios que perjudicarán la competitividad de los países que tienen mayor dependencia del crudo. La aportación nuclear al sistema eléctrico de nuestro país en 2005 fue del 19,7%, mientras que en 2004 fue del 78% en Francia, del 55% en Bélgica y del 50% en Suecia. En la Unión Europea 13 de los 25 Estados miembros producen electricidad con energía nuclear, lo que representa cerca del 38% del total consumido en toda la Unión. La conclusión es que la mayoría de nuestros socios comunitarios están más protegidos de la escalada del precio del crudo que España.
El aumento de la seguridad de los reactores ha contribuido a disminuir el temor a las centrales nucleares, lo que ha llevado a que en la actualidad se estén construyendo 22 reactores en el mundo. Hay países europeos muy proclives a la energía atómica, como Suecia, donde una encuesta realizada hace año y medio reveló que el 81% de los ciudadanos apoyaba el uso de esta energía. Incluso algunos ecologistas importantes, como Patrick Moore y James Lovelock (creador de la teoría Gaia), apoyan la energía nuclear al ver en ella la única solución realista para paliar el cambio climático.
Ante este escenario resulta asombroso que nuestro Ejecutivo se conforme con mostrar su preocupación por el coste energético del gas y del petróleo en los discursos. Es bien sabido que se está haciendo un esfuerzo para promover las energías renovables y el ahorro energético en las viviendas, pero esas medidas no resuelven la demanda de energía que la industria y el transporte requieren. España precisa aumentar su producción nuclear lo más rápidamente posible para recuperar el tiempo perdido o, a medida que suba el precio del petróleo, seremos menos competitivos. La necesidad de tomar decisiones se refuerza con el elevadísimo déficit en nuestra balanza de pagos, que puede dispararse aún más por la factura del crudo.
El populismo de Zapatero lo llevó a manifestarse, nada más tomar posesión, como “el más antinuclear del Gobierno”. Ahora, consciente de su bisoño error, da un quiebro electoralista más y, acuciado por la necesidad, propone “un debate en profundidad sobre la energía nuclear”. No es probable que sea pragmático y plantee una propuesta que resuelva el problema en el largo plazo. Tampoco es previsible que haga una fuerte campaña a favor de la energía nuclear, pues percibe que su electorado no lo recibiría bien. El cierre de Zorita debiera haber sido precedido por el anuncio de la construcción de una futura central nuclear de tercera generación o de cuarta si fuera factible.
El Gobierno debe percatarse de que España tiene un riesgo de desabastecimiento energético en los picos de consumo del verano. Esa posibilidad le debiera haber llevado a respetar la Opa de E.On sobre Endesa, en cuanto que habría ampliado el número de proveedores (tan conveniente para el consumidor) y el de fuentes energéticas (tan necesario para el país). La sensatez de asegurar el aprovisionamiento energético requiere ponerse de acuerdo con nuestros socios europeos y no jugar a tener un diminuto campeón nacional.
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