Expansión, 16 de octubre de 2004
Julio Pómés, Director de Institución Futuro
Los políticos dañan a la ciudadanía cuando para mostrar un talante amable son capaces de pervertir las dos instituciones esenciales de la sociedad: el matrimonio y la familia…
Los políticos dañan a la ciudadanía cuando para mostrar un talante amable son capaces de pervertir las dos instituciones esenciales de la sociedad: el matrimonio y la familia…

Vaya por delante que tengo admiración por las personas que están en política por una auténtica vocación de servicio, ésos que anteponen el bien común al provecho propio. Desafortunadamente, en la partitocracia que padecemos hay mucho gobernante desaprensivo capaz de conceder lo que haga falta para agradar a los votantes.

En artículos anteriores he tratado las secuelas económicas que proporciona una gestión electoralista. Hoy lo haré de otras consecuencias más graves: las que degradan a las personas. Me refiero a la renuncia de los valores éticos que han dado sentido a nuestra sociedad a lo largo de su historia. La Ley Natural no es una ideología más, es un conjunto de normas que llevamos impresas en la conciencia por nuestra condición humana.

Probablemente los atropellos que estamos viendo no se acometen por poseer unas convicciones proclives al deterioro de la ética o la moral públicas. Más bien es una argucia para conseguir la popularidad mediante la concesión de ‘nuevos derechos’ ante unas demandas generadas muchas veces desde el poder. Suele primar el golpear al adversario político. En ocasiones se lanza primero un globo sonda, para no arriesgar y, tras comprobar que tendrá aceptación, se alienta la reivindicación de los beneficiados por la prebenda. Un beneficio añadido es el desvío de la atención pública de los asuntos importantes, y sin presión ciudadana las cuestiones clave no se resuelven con el mismo rigor.

La manipulación política implica apropiarse del lenguaje para adjudicarlo de modo tendencioso. Ahora ya no sólo mandan en el BOE, sino también en la Real Academia Española de la Lengua, poder que les permite cambiar el significado de las definiciones de su emblemático diccionario. También acuñan frases impactantes que a base de repetirlas acaban siendo verdades irrefutables para los más crédulos.

Tras el control del lenguaje se desliza una fina pero persistente propaganda política que nos hace creer que el problema fundamental de España no es nuestra escasa competitividad industrial, o la caída del turismo, sino un conjunto de ‘traumas’ heredados del pasado. Citaré los que afectan a la moral pública: la ‘frustración’ familiar de los homosexuales; las trabas al aborto libre; la ‘arrogancia’ de la Iglesia de tener un criterio distinto al del poder y, sobre todo, de no callárselo; el derecho a la eutanasia a la carta; el que nuestros jóvenes no tengan gratis la pastilla abortiva ‘del día después’, el que la enseñanza de la religión cuente en el expediente académico, etcétera.

Dos buenos ejemplos son las concepciones que intentan imponer de dos instituciones nucleares de la sociedad: el sentido de lo que es una familia y el del matrimonio. Hasta ahora, este último era la unión de un hombre y una mujer. En breve puede ser cualquier cosa. Del mismo modo, ahora han reinventado el concepto de familia natural como muestra la nueva legalidad para adoptar niños. Antes, en la adopción primaba el derecho del niño a estar integrado en una familia natural: un padre que fuera un hombre y una madre que fuera una mujer, requisitos biológicos imprescindibles para que se procree una criatura. Ahora, la ‘nueva familia’ no responde a los patrones antropológicos impuestos por la naturaleza. Los derechos de niños indefensos, a los que la sociedad debería proteger, son pisoteados ante las reivindicaciones emotivas de los adultos. Mienten los que afirman que es seguro que la adopción por parte de parejas homosexuales no perjudica a los niños. Hay demasiadas investigaciones científicas serias que afirman lo contrario.

Concepto de libertad
El principio radical que distingue a los partidarios de la Ley Natural de los que prescinden de ella es el concepto de la libertad.

Los primeros creen en ella y la viven como motor de su realización personal. Los segundos le tienen miedo en cuanto que temen que acentúe las diferencias. Éstos son partidarios de un igualitarismo ramplón aplicable a todo. Si la imposición del dogma de que ‘todo vale y es lo mismo’ es ruinosa en la economía, lo es más cuando sirve para violentar contranatura las instituciones esenciales de la sociedad. No se puede forzar a ser lo mismo aquello que por su propia identidad es distinto. ¿Por qué confundir el matrimonio con la unión homosexual? ¿por qué otorgar los derechos genuinos de la familia a otras agrupaciones que no lo son?

Cada vez respeto más a los políticos que prefieren ser fieles a sus principios éticos en lugar de serlo al oportunismo. Occidente necesita de nuevos líderes con el carisma de sus valores personales como el alemán Schuman, el inglés Churchill, o el francés Delors.

La sociedad civil debe denunciar la perversión de las costumbres por algunos políticos. Callar y aguantar es una cobardía que pagarán nuestros hijos.

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