Expansión, 10 de junio de 2006
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
A nadie debería sorprender la elección de Henry M. Paulson como Secretario del Tesoro estadounidense, designación que supone la apuesta por un experto del riesgo. La deliberación habrá sido muy sopesada.
No en vano, el control de la economía norteamericana tiene una repercusión global. Si se ha escogido ese perfil es porque se espera de él una estrategia eficiente para pilotar el mayor riesgo de EEUU: su abultada deuda. El déficit comercial norteamericano es de un 6% del PIB, lo que pone al dólar en peligro de caída libre.
El nuevo Secretario del Tesoro ha desempeñado con éxito la gestión del riesgo en su trabajo anterior de consejero delegado en Goldmand Sachs, uno de los bancos de inversión más prestigiosos del mundo. Paulson es un entendido de los sofisticados mecanismos de gobierno de la incertidumbre y uno de los artífices del Wall Street más agresivo. Lo probable es que el nuevo Secretario del Tesoro no se amilane por su pésima balanza de pagos, sino que pase a la ofensiva y saque provecho.
En Europa, nos falta aprender a ver el riesgo como oportunidad. Aquí, ante una situación como la descrita, se habría seleccionado a un prudente ortodoxo que estuviera a la defensiva. Una de las razones del estancamiento de la UE es el miedo al cambio, sin apreciar que, en los tiempos que vienen, el inmovilismo conduce a ser un perdedor seguro, porque los demás se moverán para rentabilizar nuestra pasividad. En estrategia económica no sirve aquella máxima ignaciana de “en tiempos de tempestad no hagas mudanza”. Lo que resulta útil ahora es mantener permanentemente el carpe diem de Horacio y conciliar el aprovechamiento del corto plazo con una visión dinámica de alcance en el tiempo.
En España no tenemos cultura de asunción de riesgo. Así, el temor a la posibilidad de futuras calamidades nos agobia y nos impide rentabilizar el presente. Un símil que caricaturiza esta situación es comer pan duro cada mañana, por temor a que escasee para la cena, práctica que conduce a que nos sobre pan todos los días y a que nunca disfrutemos del recién horneado.
¿Por qué existe tanta obsesión por la seguridad? Se entiende que hubiera miedo a perder el empleo cuando en el año 1994 había un 23,9% de paro, pero desde que Aznar consiguió reducir el desempleo que le legó González del 22,76% a la mitad, el 11,37%, ese temor carece de fundamento. Hoy el paro es del 9,07% y en los últimos doce meses se han creado 907.500 empleos y la tasa interanual de crecimiento de la ocupación se mantiene en el 4,9%. Si hay españoles en paro es porque prefieren cobrar el subsidio de desempleo o no les acucia una necesidad imperiosa. De otro modo, no habría tantos inmigrantes trabajando en la hostelería, la construcción y el campo.
Soy un firme partidario de que el genuino progreso exige una condición previa: la existencia de una seria necesidad que obliga a la persona a enfrentarse al riesgo para salir adelante. Hay algo de cierto en aquello de que “el hambre aviva el ingenio”. Ver que nuestro porvenir depende de nosotros mismos y que si no luchamos nuestra tranquilidad estará amenazada ayuda a poner en marcha iniciativas que exploten nuestras actitudes y aptitudes.
Por supuesto que el Estado debe atender dignamente a la población de cuyo infortunio no es responsable, o que no puede ayudarse por sí misma, pero es una injusticia flagrante hacia los contribuyentes subsidiar a personas con capacidades probadas que no las ejecutan porque prefieren un cómodo auxilio social que les garantice la supervivencia. La sociedad civil debería exigir al Estado que no le resuelva la vida expurgándole a impuestos, sino que le permita elegir qué hacer con lo suyo.
En España deberíamos ver en la elección de Paulson una pista donde inspirarnos. Vienen tiempos complejos en los que el blindaje o abandonarse en una inercia favorable son malas armas para defendernos de las amenazas económicas. Lo inteligente es aprender a descubrir las oportunidades que nos brindan los competidores que no son ágiles ni flexibles.
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