Expansión, 10 de febrero de 2003
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
¿Cómo hacer que nuestro vecino del sur sea una fuente de prosperidad en lugar de un riesgo? Les aseguro que se puede.
¿Cómo hacer que nuestro vecino del sur sea una fuente de prosperidad en lugar de un riesgo? Les aseguro que se puede.

Estados Unidos lo ha hecho con México y, además, la inmigración ilegal (los “espaldas mojadas”) ha decrecido, gracias a que muchos mejicanos han conseguido un nivel de vida aceptable en su propia tierra. España puede tener en el reino alauita un buen socio con el que hacer grandes negocios, para lo que es fundamental que ambas partes cooperen con inteligencia. Hasta ahora, las actitudes enconadas y los recelos mutuos han impedido una colaboración constructiva.

Es preciso que desde España se asuma que Marruecos es un país muy diferente al nuestro, al que no se puede imponer nuestra mentalidad occidental. De otro lado, el régimen marroquí debe ofrecer una administración rápida y eficaz, más garantías a las inversiones, un mayor índice de alfabetización y una mejor formación profesional. Nuestro país tendría que aportar capital y know-how, y Marruecos la materia prima, la mano de obra y la energía.

En el fondo, se trata de emular lo que Alemania lleva a cabo con las naciones que se incorporan a la UE: venderles tecnología y obtener productos más competitivos que los que se pueden producir en su tierra.

A España le interesa que Marruecos logre un buen tratado con la Unión Europea, pues mitigaría la posición periférica que nuestro país asume con la ampliación. Por otra parte, el acuerdo tendría dos ventajas frente a un hipotético tratado de adhesión: la rapidez con que puede negociarse y el hecho de que no es necesario exigir unas condiciones económicas difíciles. El otro aspecto de Marruecos que afecta a España, del que no puede desentenderse Europa, es la inmigración. Si nuestro vecino del sur se desarrolla, la emigración disminuirá y, además, el progreso puede extenderse a largo plazo por el resto de África. Europa tiene que darse cuenta de que no puede ser un cortijo que proteja su bienestar a base de fuertes medidas policiales.

La hambruna es una fuerza capaz de romper cualquier muralla, y un estallido de violencia podría arruinar el recoleto paraíso en que vivimos.

Estoy a favor de una solidaridad responsable hacia los desheredados, personas que tienen el mismo derecho al bienestar que nosotros. Pero me parece más oportuno invocar frías razones económicas que convenzan a los que prefieren encerrarse en su concha e ignorar que se la pueden romper a martillazos.Europa no puede mirar hacia otro lado. Debe invertir capital y esfuerzos diplomáticos en los países del Magreb para conseguir transformar un vecino peligroso en un aliado leal que colabore en evitar la sangrante emigración clandestina. Marruecos sabe que es más fácil entenderse con Europa que con sus volubles vecinos africanos.

Su actitud amistosa puede traerles el progreso que necesitan, con el beneficio para nosotros de tener garantizada la tranquilidad de nuestras fronteras. Más vale prevenir que curar. De su calidad de vida puede depender la nuestra.

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