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Para brecha salarial la que se produce entre los empleados públicos y los empleados del sector privado. De haber una desigualdad notoria y evidente entre los españoles no es por su género, sino según la naturaleza de su empleador. Si el empleador no paga con su dinero sino con el de todos, el salario sube un 50%. ¿Es esto ser un gobernante benevolente y generoso (con el dinero de los demás) o un pésimo gestor?

El último boletín de Institución Futuro se detiene a analizar los últimos datos de esta asombrosa brecha entre lo que cobran los asalariados del sector público y los del privado. Para empezar vemos que el empleado medio del sector público cobra 1.066 euros más de salario bruto mensual que el empleado medio del sector privado. Es decir, el salario público medio es un 58% superior al salario privado medio. Pero hay más. En 2015 la diferencia “sólo” era de 866 euros y el salario público, por consiguiente, únicamente era un 50% superior. O sea, la diferencia no sólo lleva años siendo brutal, sino que sigue creciendo y cada vez es mayor.

 

 

Como siempre que nos enfrentamos a esta cuestión, interesa volver a explicar que los trabajadores del sector privado no pueden observar estos datos y concluir celebrando sin más lo afortunados que son los empleados del sector público, ya que los salarios públicos se pagan con los impuestos que pagan los empleados del sector privado, y por tanto a costa de sus salarios. Hay una diferencia fundamental y es que mientras que los salarios que cobran y los impuestos que pagan los empleados del sector privado no salen de los Presupuestos, los salarios y los impuestos que pagan los empleados públicos sí salen de los Presupuestos. Quienes financian por tanto en último término los presupuestos son los trabajadores del sector privado. Si los salarios públicos son exagerados no sólo es un agravio comparativo injusto, sino que se convierten en una carga cada vez más pesada para los trabajadores del sector privado, que cada vez deben pagar más impuestos para sostenerlos y que ven que cada vez una proporción mayor de los salarios que pagan sólo sirve para inflar los salarios públicos. Otra diferencia fundamental que explica esta brecha es que los salarios privados dependen del mercado, de la productividad de cada trabajador, de las ventas y los beneficios de las empresas en el mundo real; por el contrario, los salarios de los empelados públicos dependen de una firma en el BOE. Son los salarios públicos los que deben acomodarse a la realidad porque los de los demás no se pueden elevar a los niveles de la fantasía.

 

 

La brecha salarial entre los empleados públicos y privados se financia a costa de los empleados privados, generando no sólo una injusticia sino un gasto insostenible que por un lado cada vez exige un esfuerzo fiscal mayor a los empleados del sector privado y que por otro se va comiendo todo el gasto del Presupuesto. La burbuja de los salarios públicos se come cada vez más parte de los Presupuestos y exige constantes subidas del gasto, los impuestos y los desequilibrios contables para seguir manteniéndola. Desde luego es difícil que cualquier gobierno aborde este problema enfrentándose a las familias de más de 3 millones de asalariados públicos, al menos mientras las familias de todos los demás asalariados que tienen que financiar esta brecha no tomen conciencia del problema.

Para ayudar a visualizar esta situación tomemos por ejemplo el caso de los Presupuestos Generales de Navarra 2022, en los que los gastos de personal ascienden a 1.586 millones de euros. Si los salarios de los empleados públicos no fueran un 58% superiores a los de los empleados privados, los gastos de personal de los Presupuestos rondarían los 1.000 millones de euros, suponiendo un ahorro de 586 millones, o lo que es lo mismo 900 euros anuales por ciudadano navarro, más de 2.000 euros por ocupado y una cantidad cercana a los 3.000 euros por hogar. Es decir, no es ninguna broma el coste de esta burbuja de los salarios públicos para el conjunto de los navarros, seamos o no conscientes de ella y la queremos o no afrontar.

 

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