Expansión, 20 de noviembre de 2004
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
El miedo al futuro lleva a exigir al Estado que nos asegure el bienestar. Las consecuencias de ese temor son la pérdida de libertad y el retroceso económico.
El miedo al futuro lleva a exigir al Estado que nos asegure el bienestar. Las consecuencias de ese temor son la pérdida de libertad y el retroceso económico.

Una de las claves que explican la ansiedad por tenerlo todo resuelto es la incertidumbre en que vivimos. El terrorismo y una economía impredecible han aumentado el miedo por nuestro futuro. Ese temor nos mueve a ceder cotas de nuestra libertad ciudadana a cambio de que nos lo aseguren todo. Los más pudientes optan por cubrir los riesgos mediante costosas pólizas de seguros. Por el contrario, la gran mayoría intenta serenar su inquietud exigiendo al Estado que se lo proporcione todo, reivindicación que legitima el que la esquilmen con impuestos. La gente se ha acostumbrado a esta tutela, y muchos piensan que el Estado tiene la obligación de cuidar de ellos y de sus familias.

Es penoso el miedo al riesgo que nos está metiendo tanto profeta de desgracias y algunos medios de comunicación tendenciosos. Es triste que los nuevos déspotas ilustrados nos impongan un modelo totalitario: la cesión del control de nuestro bienestar al Estado.

Este poder les permite manipularnos a su antojo y convierte al ciudadano en servil súbdito, sin deseos de tener iniciativa, a la par que asegura la privilegiada poltrona a tanto político aprovechado.

Duele la certeza de que algunos de los beneficios sociales que ‘regalan’ los políticos, con nuestros impuestos, no responden a necesidades que el Estado deba cubrir. Tampoco agrada que tenga que ser el Estado el que ostente en exclusiva tanto servicio público. El que una prestación la dispense la Administración no garantiza ni su excelencia ni un coste bajo, sino que con frecuencia lo que se obtiene es una atención mediocre a un precio mayor que el que se puede conseguir en el mercado. Además, cuando el coste para el ciudadano de un bien es cero, la demanda es infinita: lo que es gratuito se valora poco y se abusa de su consumo.

Como, de un lado, nuestros políticos han perdido el carisma para hacer comprender a la ciudadanía la necesidad del sacrificio inmediato y, de otro, el ‘talante’ que prima es el de un electoralismo ciego, la consecuencia es una gestión pública volcada en satisfacer el presente a costa de endeudar el futuro. En resumen, la obsesión por la seguridad provoca un efecto perverso: la amenaza fundada para el porvenir.

Modelos ‘Reagan’ y ‘Thatcher’

Hoy ya no serviría un recorte de impuestos como el que hizo Reagan en Estados Unidos para resolver la crisis económica europea. La tendencia actual es que la transferencia de renta a las familias, en lugar de estimular el consumo interno, se convierte en ahorro preventivo para cubrir riesgos tales como una pérdida del empleo, o paliar en nuestra jubilación una pensión y una seguridad social que, tememos, serán deficientes. Ésta es una de las causas del estancamiento de Alemania, donde en tres años han aumentado su cuota de ahorro de 9,7% a 10,8% de la renta disponible. Además, un recorte de impuestos, si no va acompañado de una disminución del gasto público, provoca un aumento del déficit público, con el consiguiente gasto financiero en los presupuestos futuros.

¿Resultaría factible ahora reducir el gasto público y congelar los impuestos? Esta política permitió a Margaret Thatcher relanzar el desarrollo de Reino Unido. Recordemos que la presión fiscal, cuando fue elegida la Dama de Hierro en 1979, era de un 34% y diez años más tarde tan sólo había subido al 36,4%, un aumento debido en buena parte al crecimiento de la economía. Mientras tanto, el gasto público disminuyó en ese decenio del 44,8% al 39,2%.

Desafortunadamente, el denostado thatcherismo resultaría hoy insuficiente para dinamizar la economía por un motivo: para que esa política funcione es imprescindible despertar la confianza en la economía nacional, algo imposible mientras la gestión del Gobierno sea tan manirrota. Cuando el ciudadano vea que el Ejecutivo es capaz de lograr un superávit en el presupuesto y tenga la grandeza de invertirlo en apuntalar las pensiones del mañana, les aseguro que el optimismo económico aparecerá de nuevo..

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