Expansión, 5 de noviembre de 2002
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
¡Absurdo! ¡Invierto mayor esfuerzo en el papeleo para la Administración que en la elaboración de mi vino! Ésta era la queja de mi compañero de vuelo, un sufrido viticultor de Añorbe (Navarra).
¡Absurdo! ¡Invierto mayor esfuerzo en el papeleo para la Administración que en la elaboración de mi vino! Ésta era la queja de mi compañero de vuelo, un sufrido viticultor de Añorbe (Navarra).

El pasajero me detalló la complejidad de las normativas del sector, y me enumeró los múltiples impresos en los que debía reseñar prolijas especificaciones. También se lamentó del celo inquisitivo con el que los omnipresentes inspectores, decía tenerlos “montados en la chepa”, ejercían un control minucioso sobre aspectos irrelevantes y descuidaban lo fundamental. Esta anécdota me brinda la primera secuela del exceso de burocracia que padecemos. Los recursos no se concentran en las actuaciones que generan mayor valor añadido, sino que se reparten de un modo indiscriminado y por tanto con dudosa eficacia.

Contaré ahora la desdicha de mi amiga Isabel, quien tuvo la osadía de intentar abrir un pequeño establecimiento de cocina preparada. El factor que determinó el cierre prematuro del negocio fue la extorsión de inspectores de diferentes ámbitos legales, que con criterios a veces contradictorios, imponían abusivas requisitorias no relacionadas con la garantía alimentaria. Éste es el segundo peligro de una legislación embrollada: puede ahogar la actividad productiva.

El ensañamiento reglamentista provoca además unos impuestos más altos que los exigibles si se eliminaran las intervenciones inútiles, grasa superflua que resta fuerza competitiva al país. El efecto más perverso de la burocracia es el freno que supone para la iniciativa. Me refiero a la dificultad que encuentran los emprendedores para disponer de un horizonte de posibilidades y oportunidades. En un campo de acción sembrado de trabas, crece la mala hierba de una actitud cautelosa, regresiva, que traiciona el sentido de nuestro dinamismo obligándonos a ser perfeccionistas de lo inútil.

La avidez por regularlo todo traspasa el buen sentido de exigir lo necesario, y llega a oponerse a lo renovador. El espíritu burocrático es propenso a la inercia y a la repetición de “lo que siempre se ha hecho”. Al burócrata le molesta la diversidad, lo que le lleva a perseguir al genio heterodoxo que no se ajuste a su estadillo. Cuando el temor nos inunda, no se innova, sino que el esfuerzo se dirige a ser más convencional para justificarse ante el inquisidor de turno, y así no se estimula precisamente el ingenio para crear nueva riqueza.

Para acabar improvisaré tres definiciones modernas de burocracia. Un “cáncer administrativo”, que tiende a crecer y reproducirse sin control. Un “fundamentalismo civil”, más empeñado en cumplir la letra de la ley que en vivir el espíritu que encierra. Por último, una “farsante hipócrita”, que fingiendo velar por nuestro bienestar nos lo secuestra al quitarnos libertad. Desafiar a la burocracia, sin caer en la ilegalidad, es el programa de virtuosismo intelectual que hoy les propongo.

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