Capital, diciembre de 2008
Julio Pomés, director de Institución Futuro
La libertad retrocede en España, no hay duda. Parece que el temor al riesgo que supone decidir sobre la propia vida inquieta demasiado. Hoy hay miedo a la libertad. Se prefiere rebajar las expectativas de promoción a jugársela por aquello que uno cree con toda su alma.


Trabajar por cuenta ajena, especialmente en la condición de funcionario, es la aspiración de la mayoría. La gente piensa que es mejor la seguridad del bienestar que puede ofrecer un Estado intervencionista, aunque sea pobre e igualitaria, que afrontar la arriesgada batalla de la propia y autónoma realización personal.


Esa es una de las grandes diferencias de nuestro país con Estados Unidos. Aquí se prefiere vivir peor, pero tranquilos, a realizar las distintivas potencialidades que cada uno alberga. Allí uno se desplaza por todo el continente para lograr una promoción profesional (el norteamericano medio cambia en su vida varias veces de Estado). Aquí se vive aquello de “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Allí el futuro no se espera, se elige, y se es consciente que el porvenir depende del propio coraje para conseguir los sueños.



La llegada de la democracia a nuestra nación despertó una gran ilusión por ejercer la propia libertad. A todos nos importaba más la actividad de los partidos y había menos apatía hacia la participación social. Dejando muy claro que hay dirigentes en los que su vocación de servicio les ha llevado a sacrificar un brillante desarrollo profesional, hay muchos otros que sin haber demostrado nada en la vida civil se  han encumbrado. Éstos son los más dañinos porque su permanencia la basan en acaparar poder, lo que reduce la libertad ciudadana.
Probablemente el desarrollo de la democracia no ha ido ligado al del ejercicio de la libertad de las personas. La sociedad civil es irrelevante y el protagonismo social lo tienen los aparatos de los partidos. Hoy todo el espacio público lo ocupan los profesionales de la política, que además ahora son unos genios de la persuasión colectiva.



Es un error culpar a los políticos del desinterés ciudadano por participar en los asuntos públicos. Si los políticos son unos depredadores de la libertad es porque hay mucha gente que prefiere otorgarles más poder para tener menos decisiones que tomar y vivir más tranquilos. El progreso social que supone el bono escolar, o el médico, esos que podrían permitir que los ciudadanos ejercieran la libertad de escoger el tipo de escuela o de atención médica, ni son reclamados por los contribuyentes ni ofrecidos por los gobernantes. Reina en la sociedad un esclerótico conformismo para que el statu quo permanezca, olvidando que la rentabilidad del dinero de todos es menor en la gestión pública que en la privada.



Cualquier ciudadano advertido reconoce que los conceptos de izquierda y derecha están ya superados. Ambos apenas  conservan ideología; sus diferencias provienen de sus tácticas para conseguir el poder, la izquierda desde la emoción y la derecha desde la razón. Luego sus máquinas de marketing seducen con unos clichés y eslóganes atractivos, y a cautivar electores prometiéndoles lo que pidan. La pérdida de señas de identidad de los partidos es indiscutible: la derecha ha renunciado de facto al humanismo cristiano; la izquierda ha sacralizado el relativismo ético hasta el punto de pervertir instituciones de orden natural, como el matrimonio y la familia.



Ver tanto ciudadano aborregado y tanto político aprovechado provoca nauseas. La tentación anarquista es la opción más fascinante para toda persona que tenga y viva unas convicciones coherentes, las que sean. Escapar todo lo que se pueda del sistema comienza con la abstención en las urnas. El segundo paso es más diverso. Unos preferirán parasitarse y vivir del sistema como modo de mostrar su frustración: ya que no cuentan conmigo, que me mantengan. Una segunda posibilidad, la más extendida, es ejercer un anarquismo light. Éste consiste en torpedear el sistema todo lo que la legalidad permita, lo que conduce a ser crítico con todo lo que venga del poder, como medio de castigar a los secuestradores de la libertad. En resumen, ante el despotismo ilustrado de los políticos ejercer el pasotismo activo de los ciudadanos. ¿Está usted seguro de que, aunque sea muy moderadamente, no comienza a sentirse atraído por la tentación anarquista?

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