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Para salir de esta vamos a necesitar un plan de desendeudamiento que no parece esté encima de la mesa de ningún mandatario.

 

La crisis económica que estamos viviendo se debe, como todos sabemos, a la pandemia sanitaria que llevamos viviendo desde hace más de un año. Ahora bien, frente al mismo problema, las estrategias de los países han sido diferentes. También lo ha sido el punto de partida de cada economía, lo que ha condicionado, y mucho, el posterior desarrollo. Así lo explicaba Miguel Iraburu, miembro de Institución Futuro, en un reciente webinar celebrado por el think tank.

Antes de que estallara el covid-19, el déficit público de nuestra economía (-2,8%), y el consiguiente endeudamiento (99,5% sobre PIB), eran muy superiores a la media europea. Asimismo, nuestra tasa de paro del 14% nos colocaba en el deshonroso pódium de países con mayor desempleo. La crisis ha hecho que la deuda pública aumente todavía más. De hecho, estamos en el grupo de economías avanzadas más endeudadas del mundo, llegando al 120% s/PIB (1,34 billones) y la tasa de paro apunta al 17% a finales de este año.

No hay duda de que España ha sido muy vulnerable ante esta crisis. Una economía con un porcentaje muy relevante del sector servicios con bajo valor añadido e intensivo en empleo, con un reducido peso de la industria -con la excepción de, entre otras, Navarra (25% s/ PIB)- y con una gran mayoría de pequeñas y medianas empresas con problemas para mejorar su productividad (para que se hagan una idea, solo un 0,16% de las compañías españolas tiene más de 250 trabajadores). A esto se suma la falta de flexibilidad laboral, la elevada dependencia de las exportaciones y la escasez de reformas estructurales.

Las ayudas del Estado, materializadas en avales ICO, ayudas directas o prestaciones extraordinarias para autónomos o los archiconocidos ERTE, además de las ayudas europeas, han de tener un objetivo claro: conservar las empresas privadas viables. Esa es la mejor forma de ayudar a las personas y familias, manteniendo todo el empleo posible. Aunque doloroso, no tiene sentido ayudar a compañías que ya antes de la pandemia estaban en serias dificultades y que ahora, tras sufrir problemas de liquidez, encaran problemas de solvencia que, en muchos casos, les llevarán a bajar la persiana.

Iraburu se mostró optimista en su discurso y declaró que la recuperación va a tardar más de lo esperado pero va a resultar muy acelerada y dependiente en buena medida de la campaña de vacunación. Me temo que no comparto en su totalidad el entusiasmo del ponente. Porque para salir de esta vamos a necesitar un plan de desendeudamiento que no parece esté encima de la mesa de ningún mandatario.

Tampoco pinta bien el plan de vacunación, por lo que aún tardaremos varios meses en conseguir la inmunidad de rebaño. Parecen importar más las luchas de poder, los transfuguismos o los populismos cortoplacistas y electoralistas. Frente a esta postura, una sociedad agotada psicológicamente tras más de doce meses de pandemia y una economía que requiere reformas estructurales urgentes pero que nadie parece dispuesto a actuar.

Empezando por las pensiones y el problema demográfico que afrontamos y siguiendo con la reforma de la educación, de la administración pública para mejorar su eficacia, de la justicia, de la fiscalidad sin afán recaudatorio sino con el objetivo de impulsar proyectos disruptivos… A esto sumaría la necesidad de seguridad jurídica, de atacar la economía sumergida o de no tocar lo que ya funciona, como es la reforma laboral. Por el bien de nuestro país, si internamente no se tiene ese impulso o no se detecta esa necesidad, será Europa con los fondos Next Generation la que nos va a obligar en buena medida a cambiar. Tenemos que dar un giro de tuerca y volver a reinventarnos, pero con unas bases económicas sólidas.

Existe otro factor importante. La ministra Calviño decía hace unos días que la “confianza” va a ser determinante en la recuperación económica y que si todos los agentes económicos son optimistas, llegaran entonces buenos tiempos y sus predicciones “se verán confirmadas”. Pero muchos nos preguntamos si de verdad vivimos en nuestro país en un clima capaz de generar optimismo y confianza. Para que esto suceda tiene que haber grandes dosis de estabilidad, propiciada principalmente por nuestros gobernantes, hecho que a todas luces estamos lejos de conseguir.

Los agentes económicos, empresarios, emprendedores, empleadores, autónomos, etc. son los que tienen que desarrollar capacidades, innovar, reinventarse y todo lo que ustedes quieran, pero eso no será posible si los responsables políticos no generan estabilidad, seguridad y confianza. Dada la situación en la que nos encontramos serán necesarias grandes dosis de pactos entre ellos, acuerdos, treguas si se quiere, pero será la única forma de resolver resto y conseguir salir del túnel. Deberíamos recuperar aquel espíritu de la transición para incorporar el “ánimo de la recomposición”.

¿Se imaginan lo que podría ser España si todos nos pusiéramos de acuerdo en sacarla adelante? Aunque fuese por un día, por un mes, por un año… Mucho me temo que ni el mismísimo John Lennon podría imaginárselo.

Miguel Ángel Oneca Eransus Miembro del think tank Institución Futuro

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