Expansión, 11 de octubre de 2003
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
Una manifestación en París contra las imposiciones de los sindicatos demuestra que la sociedad civil ya no está dispuesta a aguantar tanta estupidez.
Una manifestación en París contra las imposiciones de los sindicatos demuestra que la sociedad civil ya no está dispuesta a aguantar tanta estupidez.

El pasado mes de junio tuvo lugar en París una manifestación muy singular, completamente distinta a las habituales, al ser protagonizada por un movimiento antihuelga. Se trataba de una demostración de cerca de 50.000 jóvenes franceses que reivindicaban el derecho a trabajar, y protestaban contra la dictadura sindical y sus huelgas obligatorias (las generales). La movilización no tenía la sigla de un partido político y reunía a un público plural. Hubo gritos contra los sindicatos mayoritarios y, de modo más acusado, hacia los de las compañías públicas y los de los funcionarios, como ferroviarios o profesores; no olvidemos que estos colectivos impiden con frecuencia que funcionen los servicios públicos esenciales, con el único objetivo de reivindicar sus derechos. En mi opinión, que haya habido una convocatoria de esta naturaleza en Europa marca un cambio de tendencia: la sociedad civil ya no está dispuesta a aguantar tanta estupidez.

Conquistas sociales

Hay fraudes individuales que ocurren porque no se denuncian, como el cobro del subsidio de desempleo por personas que están trabajando. Pero hay otros, a mi juicio más indignantes, que se cometen de modo colectivo, y que, para mayor escarnio, no sólo son notorios, sino que además se disfrazan de ‘modernas conquistas sociales’. Entre los ejemplos que se pueden exponer están: las concesiones de aumentos de pensiones u otros beneficios por razones electoralistas, y las subidas salariales conseguidas más por la presión que por la razón. La justicia es otro campo de cesiones excesivas de tolerancia, en este caso acompañada de una credulidad ciega en la bondad innata de la especie humana. En todos estos casos se prefiere tolerar el despropósito que realizar acciones públicas en las que pudiéramos sufrir la violencia verbal de los más desaprensivos, o el agravio de que nos consideren un intolerante. Tolerar lo intolerable refleja debilidad o cobardía.

La citada manifestación en los Campos Elíseos es una señal del cansancio de una mayoría, habitualmente silenciosa, ante unos comportamientos que impiden el desarrollo de su libertad para vivir, trabajar y realizarse como persona. Algunas de las causas que dificultan que brote el espíritu emprendedor, especialmente en las microempresas, son los obstáculos impuestos por las rígidas burocracias de sindicatos; defienden tanto los derechos laborales, que al final impiden que se genere empleo. Tolerar la agresión de nuestros derechos fundamentales puede tener serias consecuencias a largo plazo: la renuncia de nuestra libertad, o a que, cuando ya no resistamos más, engrosemos los partidos de la extrema derecha.

Estoy convencido de que buena parte del crecimiento del radicalismo en Francia se deriva de no haber sabido reaccionar con mesura, y de modo permanente, ante tantos agravios de los usurpadores de la voluntad de la sociedad civil. La pacífica manifestación parisina abre un camino esperanzador: la calle también es nuestra para defendernos como ciudadanos.

Trivialización total

Desde hace años observo en nuestro país cómo la cultura de la tolerancia, actitud que puede ser sumamente beneficiosa para la convivencia, está siendo utilizada de modo perverso por algunos aprovechados. El derecho de las minorías no puede ser superior al de las mayorías, sino, en todo caso, compatible. Además, cuando esas reivindicaciones implican gastos cuantiosos en partidas de dudosa necesidad, se conculca el derecho de los ciudadanos a que su dinero no se despilfarre. Nuestro sistema administrativo descansa en la buena fe de los ciudadanos. Su correcto funcionamiento exige impedir que los logros sociales conseguidos no se malogren por excesos absurdos.

La sinceridad de lo que somos y pensamos nos debe llevar a ejercer la responsabilidad de actuar para defender nuestros valores. Con tanta tolerancia en concesiones inadmisibles estamos perdiendo nuestra identidad y nos convertimos en cómplices de esa hostilidad que tanto incomoda. La telebasura es en parte responsable del abuso de la actitud tolerante. Desde ese medio se impone la trivialización de casi todo. Cuántas veces la sensatez de personas entendidas es hecha trizas por auténticos estrafalarios, ávidos de notoriedad. Éstos consiguen imponer sus extravagancias con el apoyo del presentador, quien no desea parecer un intransigente. Cuando cedemos a actuar con hipocresía para respetar una necedad inconsistente nos estamos perdiendo el respeto a nosotros mismos, y favoreciendo el sectarismo radical de los que pisan nuestros derechos. Estoy convencido de que si se convocara una manifestación en Madrid, similar a la de París, sería un éxito atronador de nuestra acosada sociedad civil.

Hay fraudes individuales que ocurren porque no se denuncian, como el cobro del subsidio de desempleo por personas que están trabajando. La sinceridad de lo que somos y pensamos nos debe llevar a ejercer la responsabilidad de actuar para defender nuestros valores.

Share This