Expansión, 30 de noviembre de 2002
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
¡Qué fácil es dejarse seducir por el simulacro de éxito en los pactos! ¡Cuántas veces un problema se agrava por conseguir la foto de un engañoso apretón de manos!
¡Qué fácil es dejarse seducir por el simulacro de éxito en los pactos! ¡Cuántas veces un problema se agrava por conseguir la foto de un engañoso apretón de manos! Gusta tanto exhibir un aire de tolerancia, que se llega a conciliar lo contradictorio.

Se olvida que lograr un consenso manteniendo criterios opuestos implica un denominador común tan bajo como estéril. Como todo da igual con tal de complacer, las señas de identidad se desvanecen. Su lugar es usurpado por un sucedáneo aparente, pura vaciedad que, aunque satisfaga la vanidad de los participantes, pervierte el compromiso con las convicciones que dan sentido a sus vidas. Una obsesión corriente en las negociaciones es considerar el acuerdo como punto de llegada obligatorio.

La búsqueda del consenso a cualquier precio es una influencia niveladora que impide una actuación certera y diferencial. Si todo vale, es muy posible que lo que se haya conseguido sea sólo acariciar unos egos consentidos, en vez de elegir un desempeño distintivo. Un acuerdo que no profundice en la naturaleza del problema proporciona un compromiso carente de autenticidad. Es frecuente que de dos posibilidades razonables distintas se pase a una componenda que recoge de un modo incoherente elementos de las dos opciones válidas anteriores, siendo peor la mezcolanza que cualquiera de las alternativas aisladas.

El pacto se transforma en corrupción cuando se establece entre un grupo que tiene la autoridad del conocimiento, y otro que tan sólo alberga vehemencia. Si se cae en la debilidad de darle a este último lo que sea, para que no alboroten, se está haciendo un flaco servicio a la sociedad. Las buenas ideas surgen y sobreviven gracias a la prueba del debate inteligente, no de los gritos.

Para que el diálogo sea fecundo debe estar cimentado sobre lo que realmente somos y lo que firmemente creemos que conviene. Se avanza más expresando con claridad en qué se está en armonía y en qué no se puede ceder que aparentando un acuerdo inconsistente. La suma de dos medias verdades suele engendrar una gran patraña. El buen consenso es el que se logra por un auténtico trabajo en equipo. Aquél en que la puesta en común persigue conseguir la solución óptima.

Allí, las aportaciones se valoran por sí mismas, no por quien las dice. Es una colaboración constructiva donde el todo es más importante que las partes, y el protagonismo reside en la alianza, no en las individualidades. En lugar de la negociación del “tira y afloja” se da una lucha conjunta para obtener una síntesis creativa y coherente.

La diversidad de puntos de vista iniciales no provoca tensiones personales, sino que enriquece y completa la unidad del resultado final. A veces la mejor respuesta viene por elevación, al conseguirse ver una solución general a los problemas parciales con una raíz común. Cuando la actitud sincera y cooperativa es compartida, el acuerdo suele perdurar. Aviso: es imprescindible olvidarse el ego en casa para valorar también las ideas ajenas.

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