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El sistema sanitario en Navarra ha estado sometido a una presión extrema, y ha mostrado tanto su capacidad de respuesta como sus limitaciones.

 

La pandemia de la covid-19 nos ha permitido reconocer la importancia de la salud para la vida social y económica. Centrando el foco en el sistema sanitario en Navarra, el sistema ha estado sometido a una presión extrema. Ha mostrado tanto su capacidad de respuesta y robustez como sus limitaciones. Ahora, debe prepararse para el futuro. Si nos situamos dentro del mismo paradigma de atención a la salud que hemos construido en los últimos cuarenta años, seguiremos arrastrando los viejos problemas y no atenderemos bien los nuevos desafíos. Hay que innovar y la pandemia no nos puede distraer.

El barómetro del CIS de 2020 indica que la mayoría de los españoles (el 84,3%) quiere cambios en el sistema sanitario. Las estimaciones del informe Health at a Glance de 2020 de la OCDE apuntan a que el gasto en salud alcanzará, en España, el 10.2% del PIB para 2030. La tecnología ha sido tradicionalmente el componente del gasto que explica en mayor medida, su trayectoria ascendente. A ello se une el aumento de la demanda de los servicios de salud por el envejecimiento de la población. Para 2050, la proporción de personas con más de 80 años doblará a la actual.

Es necesario aumentar la oferta de profesionales de salud, desde médicos hasta ingenieros de biomedicina o gestores. Hacen falta más médicos y también, más personal de enfermería. En los últimos años han emigrado de España más de 4.500 médicos según la Organización Médica Colegial, buscando mejores opciones profesionales. Las condiciones salariales son también deficientes. El salario bruto de un médico español es, en media, de 53.000 euros; muy alejado de lo que gana un médico británico 129.500€ o alemán 125.000€. Frente a la presión asistencial y la tensión presupuestaria, las respuestas han sido: contención de costes, con especial presión sobre los salarios de los médicos; precarización y temporalidad de las plantillas. La gestión pública de los centros sanitarios se encuentra con obstáculos notables: inflexibilidad de los procedimientos administrativos, incapacidad para dar autonomía a los centros, una voluntad dominante de control para evitar desviaciones, ausencia de sistemas de medida y rendición de cuentas. Muchas de las iniciativas y políticas sanitarias realizadas en los últimos quince años para reformar el sistema y contener el gasto, no han sido más que parches.

La cuestión es clara, se debe actuar ahora; no se pueden posponer por más tiempo los cambios aunque resulte difícil y genere resistencias. Hay que organizarse de otra manera, para motivar y comprometer mejor a los profesionales que son el corazón del sistema. Hay que innovar para reforzar la atención primaria y obtener la máxima eficiencia y calidad del conjunto de hospitales públicos existentes en el territorio y se deben coordinar mejor los niveles de asistencia general, crónicos y especializada.

Hoy en el Sistema Nacional de Salud tenemos distintas arquitecturas institucionales. Desde sistemas relativamente centralizados donde la capacidad de mando y dirección se establece a través de un Centro Corporativo (por ejemplo, Osasunbidea + Dirección General + Consejera) que dirige el sistema y define la estrategia general para el espacio público y parcialmente para el privado. Pero hay otros modelos como en Cataluña y País Vasco.

En paralelo, se debería incorporar el debate de la gestión de los centros sanitarios. Para ello hay que tener en cuenta que el concepto de buen gobierno va mucho más allá del cumplimiento de normas y leyes y de los procedimientos administrativos y de control presupuestario. Buen gobierno implica que el proceso de toma de decisiones en el sistema sanitario resida en una gestión profesional con autonomía y trasparencia, y rendición de cuentas.

Pero la cuestión fundamental es que hay que poner a las personas: profesionales de la salud y pacientes/ciudadanos, en el centro del sistema. Son sus protagonistas. Los medios materiales, los activos físicos y tecnológicos son importantes pero en una actividad como la salud, la atención, el compromiso, la dedicación y la implicación de los profesionales es la clave del sistema. Y aquí hay muchas iniciativas que se pueden desarrollar.

¿Es necesario que los médicos sean funcionarios? ¿Por qué un hospital público no puede seleccionar directamente el perfil profesional que necesita sin tener que recurrir a las ofertas de empleo público OPE? Un sistema rígido como el de la funcionarización organizado en torno a OPE para acceder a plazas fijas, dificulta la gestión e introduce múltiples limitaciones. Es urgente abrir el debate y discutir sobre posibilidades de contratos y de diseño de carreras profesionales e incentivos más atractivos y estimulantes que los que hoy tiene el sistema de salud en Navarra. En suma, es clave repensar el marco institucional de la salud en Navarra (funcionamiento de centros, coordinación, centralización, control y resultados), hay que fomentar el buen gobierno de los centros y unidades de servicios. Todo ello situando en el centro del debate a las personas, profesionales de salud y usuarios/contribuyentes, dándoles voz, buenos incentivos y protagonismo.

Emilio Huerta Catedrático de la UPNA

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