Diario de Navarra, 30 de julio de 2014
Belén Goñi, directora general de Institución Futuro

Hemos recorrido ya la mitad del 2014 sin darnos apenas cuenta. Ahora que se acercan las vacaciones, me he detenido un rato a repasar varios de los acontecimientos que han ido sucediendo en los meses pasados. Al hacerlo, no he podido evitar hacerme la siguiente pregunta: ¿cuántos disgustos nos hubiéramos ahorrado si quien conocía de primera mano que había alguna irregularidad hubiera denunciado los hechos en tiempo y forma? Porque en los muchos problemas y dificultades que han salido a la luz en los últimos tiempos el pecado de omisión ha sido flagrante. 

Diría que en casi todos los problemas de corrupción, mala praxis, irregularidades, etc. hay muchas personas que están al tanto de lo que sucede o, por lo menos, que lo intuyen. Pero en la mayoría de las ocasiones esas personas no dicen nada y no lo denuncian. Es cuando todo se destapa y los maleantes ya no están a cubierto o ya no tienen poder cuando empiezan a aflorar todos los datos y detalles que han permanecido ocultos y enterrados. Eso es lo que yo llamo pecado de omisión, porque malo es hacer el mal, pero también lo es encubrirlo activa o pasivamente. Denunciar las malas conductas es obligación de todo el que se percata de ellas. No estoy hablando de acudir a la prensa y montar un lío mediático, sino de denunciarlas donde se deben denunciar, de forma mesurada y objetiva, de oponerse al maleante y de abandonar aquellos organismos donde esas prácticas sean habituales.
No sé si recordaran la película vendedores y vencidos con Spencer Tracy en el papel de juez en los juicios de Núremberg o la más moderna Algunos hombres buenos con Tom Cruise. En ambas se ponía de manifiesto la culpabilidad que tiene quien coopera con un sistema injusto y no se opone a él. En un caso extremo como el del nazismo todos estaríamos de acuerdo pero ¿y en los casos cotidianos que nos rodean? ¿Hicimos algo cuando pudimos y debimos hacerlo?
¿Hubiera llegado Osasuna donde está si los que podían hacerlo se hubieran plantado a tiempo ante semejante despilfarro y falta de información? ¿Por qué muchas veces los que llegan a un nuevo puesto, en lugar de levantar las alfombras y abrir las ventanas eligen tapar lo encontrado convirtiéndose en encubridores de las fechorías del anterior ocupante del cargo?
Me vienen a la cabeza aquellos dibujos de Oroz caracterizando a los protagonistas de San Fermín: el mozo, la peña, la guiri… Y se me ocurren también algunos protagonistas de la omisión. Decía el otro día en una conferencia José Mª Carrascal que corrupción no es solo llevarse dinero público al bolsillo, que también lo es utilizar las influencias o aceptar un cargo para el que no se está preparado. Y seguramente ese es un primer tipo, el que no se entera, el tonto útil al que le gusta el relumbrón del puesto y su retribución y se presta a poner su nombre y su cara sin darle más vueltas. También está el “deslumbrado” que sufre el efecto “halo” cegado por la luz que irradia el maleante de turno; el “suizo”, siempre neutro en cualquier situación; el “garganta profunda” que se dedica a poner la cabeza como un bombo y pasar información a otros para que le hagan el trabajo pero él nunca se moja… y seguro que a ustedes se les ocurren varios más con los que se han ido topando a lo largo de su vida.
Pero esto no se aplica solo a los casos de comportamientos irregulares sino también a otras situaciones cotidianas. Me ha tocado estar en varios grupos de trabajo en los que los asistentes van dejando de asistir pretextando agenda o acaban enviando al becario. El motivo real de su ausencia es la poca utilidad de lo allí organizado. ¿No sería mejor hablar francamente con el organizador para tratar de ayudar?
Está claro que denunciar en el foro correspondiente las irregularidades y ser independiente es difícil por varias razones: porque se corre el riesgo de perder el trabajo o el puesto e incluso la fama con el contraataque del maleante, porque no se sabe a quién acudir y cómo hacerlo de la mejor manera… pero eso no exime del deber de hacerlo como tampoco lo hace el haber recibido órdenes. La única opción no válida es no hacer nada y “dejar pochar” hasta que reviente. La buena noticia es que la persona que actúa así en todos los ámbitos de su vida sin duda duerme mejor y se convierte en una persona sólida y confiable. Yo doy las gracias de entrada a todos esos “héroes” anónimos, a esas personas valientes que sin duda han contribuido a mejorar la sociedad y su entorno. Y espero que siempre que me encuentre en una situación parecida actúe correctamente. El pecado de omisión existe y está demasiado extendido.

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