Expansión, 22 de febrero de 2003
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
¡Qué pena que, en la etapa de la vida más propicia para el crecimiento intelectual, muchos alumnos hayan carecido del estímulo imprescindible para cultivar su talento!
¡Qué pena que, en la etapa de la vida más propicia para el crecimiento intelectual, muchos alumnos hayan carecido del estímulo imprescindible para cultivar su talento! Nunca entendí cómo los socialistas pudieron promulgar una ley, la LOGSE, que desmotivara el esfuerzo escolar.

Su creencia ciega en la utopía igualitaria impidió que los mejores se desarrollasen y que los menos dotados tuvieran la atención debida. Con el fin de eliminar el tedio provocado por la enseñanza tradicional en los alumnos menos ilusionados, quisieron hacer algo distinto, más divertido, alejado de la aburrida ortodoxia de los países con una educación más acreditada. Para evitar el fracaso escolar particular impusieron el fracaso general.

Un resultado bajo, pero el mismo para todos, suponía un avance social en cuanto que cercenaba la meritocracia e impedía el elitismo de los inteligentes y la discriminación de los incompetentes. Olvidaron que su obligación consistía en desarrollar las potencialidades de todos, objetivo para el que se precisaba la educación de la voluntad, y que la forja de esta facultad, de la que depende el logro de la realización de cada persona, resulta incompatible con un sistema de estudios en el que el aprobado sea universal.

La consecuencia ha sido una mayor pasividad e indolencia hacia el aprendizaje, actitud que en el mundo globalizado en que vivimos constituye una rémora que nos aleja de la prometedora sociedad del conocimiento. La actual ministra de Educación ha tenido la valentía de sacar adelante la LOCE (Ley Orgánica de la Calidad de la Educación), ley que fomenta el progreso del talento personal mediante, entre otras medidas, unos exámenes públicos que permitirán conocer con precisión el aprendizaje logrado por el estudiante.

Propiciar el mérito al esfuerzo dará un grado de satisfacción al alumno mayor que su obtención automática. La evaluación, que esperemos sea válida y fiable, forzará la laboriosidad para superar las pruebas, fomentará el consiguiente desarrollo y comportará un conocimiento preciso, por parte del alumno, de sus capacidades y limitaciones. La certidumbre de las propias potencialidades permitirá elegir con mayor probabilidad de acierto el camino a seguir. De otro lado, la oferta variada de estudios secundarios establecidos por la ley, los llamados ‘itinerarios’, permitirá al alumno escoger con mayores garantías la titulación más adecuada a su perfil.

Sin duda, el mercado laboral premiará con mejores oportunidades a los titulados que, favorecidos por esta ley, hayan estimulado mejor sus cualidades distintivas. Por último, cabe añadir que no es suficiente una buena ley, hace falta también la estrecha colaboración de las familias y que los padres ejerzan su autoridad aun a costa de la paz familiar. Actividades como el consumo convulsivo de la televisión basura, por ejemplo, hacen estéril el esfuerzo de profesores y alumnos en la escuela. La responsabilidad de educar es misión de todos.

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