Diario de Navarra, 19 de mayo de 2017
Emilio Huerta, miembro de Institución Futuro

La reciente crisis económica ha afectado profundamente a la industria. Ello ha generado que se alcen voces de preocupación reclamando una mayor atención a este sector cuya importancia es manifiesta por su capacidad para generar empleos de calidad, la estrecha relación que existe entre industria y servicios de alto valor añadido y las relaciones que se establecen entre industria, internacionalización e innovación en la economía.

El panorama industrial en Navarra que tiene notables fortalezas presenta dos deficiencias importantes; una estructura productiva desequilibrada, donde pierden peso los sectores más intensivos en tecnología y las restricciones asociadas con una reducida dimensión empresarial en muchos sectores y actividades que limitan el crecimiento.

El tejido empresarial en Navarra se caracteriza por una notable fragmentación, con un predominio elevado de micro y pequeñas empresas y un número reducido de grandes. En 2016, el total de empresas industriales era según datos del DIRCE, de 3.743 empresas, de las cuales el 92% corresponde a pequeñas y medianas. Es importante señalar el limitado número de empresas medianas y grandes en nuestro tejido industrial y como indica el recientemente presentado Plan Industrial de Navarra 2020, esto condiciona la base de empresas con tamaño crítico para dotarse de estructuras de crecimiento, definir políticas de I+D+i y establecer estrategias de internacionalización y mejora de la productividad.

La evidencia entre empresas de distintos tamaños pone de manifiesto que la productividad, propensión exportadora e innovadora de las empresas aumentan con su dimensión. A partir de esta constatación se suele concluir que aumentando el peso en el tejido productivo de empresas medianas-grandes en detrimento de las pequeñas, se producirá un avance importante en productividad, innovación e internacionalización de las empresas.

Pero para debatir la bondad de la propuesta hay dos cuestiones previas que hay que resolver, la primera se refiere a por qué las empresas tienen el tamaño que tienen y la segunda y consecuencia de la anterior, es cómo se consigue que lo aumenten. El razonamiento y las recomendaciones de política que normalmente se hacen, véase las propuestas recientes del FMI para la economía española (2017) y del Círculo de Empresarios y la CEOE sugieren cambios legales y fiscales para aumentar la dimensión empresarial.

Pero estas iniciativas resultan incompletas porque ignoran un aspecto muy relevante al abordar esta cuestión. La existencia de correlaciones estadísticas entre tamaño y productividad, como se observan, no implica que existan relaciones directas de causa/efecto entre estas variables. Si las diferencias en el tamaño de las empresas responden a la misma variable no observable, por ejemplo la calidad en la gestión empresarial, que también explica las diferencias en innovación e internacionalización, mientras no se actúe sobre esa causa común, se puede artificialmente influir sobre el tamaño, por ejemplo con iniciativas fiscales o regulatorias que no generarán efectos sobre la productividad.

Por eso, cualquier análisis sobre el tamaño de las empresas debe comenzar por identificar si el tamaño es causa o efecto, si afecta a la productividad; o si, por el contrario, es la mejora de la productividad la que permite a las empresas crecer y aumentar su tamaño, o si hay una variable difícil de observar y medir, por ejemplo, la calidad de la dirección que actúa sobre estas dos variables porque tiene consecuencias favorables sobre las ventas de la empresa en los distintos mercados y por tanto favorece el crecimiento empresarial e impulsa, a su vez, la mejora de la eficiencia productiva que estimula el crecimiento.

La evidencia empírica sobre esta cuestión es controvertida. En varios trabajos con el profesor V. Salas (2014, 2016 y 2017) hemos constatado que las diferencias en tamaños medios empresariales observadas en distintos países, responden más a factores de organización y gestión interna de las empresas asociados con la calidad del recurso empresarial que a diferencias en el funcionamiento de los mercados laborales, financieros, de producto o a la regulación.

Los empresarios deberían dirigir sus empresa sólo si tienen la formación y capacidades que les avalen para ello, por eso recurrir a directivos profesionales, con niveles de formación mucho más elevados, más del 70% tiene formación universitaria frente a solo un 37% de los empresarios, es una fórmula que ayudaría a mejorar la calidad en la gestión en muchas empresas pequeñas y medianas.

Otra iniciativa interesante consistiría en extender la información y el debate sobre lo que se consideran buenas prácticas de dirección en la empresa moderna. Una mejora en la gestión de las pymes ayudará a definir estrategias competitivas más sólidas, a invertir más en activos intangibles, una fuente cada vez más importante de ventaja competitiva y promoverá su crecimiento y aumento de tamaño.

Por eso, aspectos como la mejora en la gestión de las empresas familiares mediante su profesionalización, la utilización de herramientas y técnicas avanzadas de dirección y la difusión de las mejores prácticas entre las organizaciones serían factores muy relevantes para conseguir que las empresas crezcan, aumenten su tamaño y mejoren su productividad.

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