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Mi hijo Lorenzo tiene siete años y cursa 2º de Primaria. Desde que inició la educación infantil con tres años, uno de los principales objetivos educativos ha consistido en que identificara las letras y sus fonemas para que aprendiera la lectura y la escritura. Una lectura que debe ser fluida y entonada, y, sobre todo, comprensiva.

Reconozco que me alegro mucho cada vez que lo veo con un libro en las manos y, desde luego, mi marido y yo invertimos gustosamente en la compra de libros infantiles. No en vano, la lectura fomenta el conocimiento de uno mismo y de los demás al tiempo que proporciona diversión e inmensa alegría. No olvidemos que su dominio resulta imprescindible para asimilar con solvencia todas las áreas del saber.

Muy consciente de su necesidad e importancia, la OCDE incluyó la lectura en su Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes, el conocido informe PISA, como una de las tres competencias básicas, que, junto con la matemática y científica, evalúa cada tres años. El PISA mide de manera sistemática lo que los jóvenes saben y son capaces de hacer al finalizar su Educación Secundaria Obligatoria (ESO) en más de 80 países del mundo.

Pues bien, en diciembre de 2019 se publicaron los resultados referentes a 2018, pero en esa ocasión el organismo internacional no facilitó los de lectura en España (sí los de competencia matemática y científica), aduciendo que se habían detectado comportamientos de respuesta inverosímil en determinados centros educativos de algunas zonas del país. A los meses sí se difundieron, por fin, los datos relativos a la competencia lectora, que mostraron un descenso tanto en el conjunto de la OCDE como en España.

El caso de Navarra resulta especialmente sorprendente al caer del tercer puesto en la evaluación de 2015 al decimotercero, lo que implica que se halle por debajo de la media nacional, cuando hasta ahora siempre estaba muy por encima (tercer puesto). La Comunidad Foral ha sido la segunda CCAA con mayor merma de puntuación: ha perdido 42 puntos, solo por detrás de Madrid, que ha registrado 46. El descenso medio en España fue de 19 puntos. La evolución de Navarra en la edición de 2018 muestra, pues, un claro deterioro en las tres competencias analizadas, pero muy en particular en el dominio de la lectura.

El departamento de Educación del Gobierno de Navarra justificó estos malos resultados por la “correlación significativa entre los resultados de la competencia lectora y las fechas en las que se realizan las evaluaciones extraordinarias en cada una de las Comunidades Autónomas. Es decir, en las CCAA en las que los exámenes de recuperación se hacen en el mes de junio (como ocurre en Navarra) se han obtenido puntuaciones menores de las esperadas que en aquellas en las que las evaluaciones extraordinarias son en el mes de septiembre”. Además, se subraya que existe una clara falta de motivación del alumnado por la prueba de evaluación y, de hecho, existió un “boicot” al PISA 2018 en cuatro centros públicos.

La interpretación de la autoridad educativa es una de las posibles. Cabe pensar, también, que la comprensión lectora de los alumnos navarros haya descendido de manera objetiva y significativa. Ambas explicaciones pueden ser compatibles. En cualquier caso, salta a la vista que debería cuidarse y aun mimarse esta área de aprendizaje, cuyos déficits se comprueban en la educación secundaria y se arrastran incluso en la universitaria.

Fomentar la lectura de los niños, para que se convierta en un hábito que los acompañe durante toda su vida, es una tarea que compete al centro escolar y sobre todo a las familias. Ojalá que durante este curso y sucesivos -éste está transcurriendo entre muchos interrogantes debido a la pandemia y el temor al confinamiento de las clases-, la lectura no pierda su protagonismo en las aulas y fuera de ellas. A pesar de la polémica Ley Celaá, que elimina el castellano como lengua vehicular de la educación, o que permite que los alumnos de la ESO puedan pasar de curso con dos asignaturas suspensas. ¿Estas medidas ayudan al propósito de que los alumnos obtengan la mejor educación posible? Mucho me temo que sus objetivos son otros.

Permítanme un último dato sobre PISA: el informe mide la cultura familiar de los alumnos y entre sus criterios figura el número de libros por vivienda -que a su vez es un indicador de renta-, hecho de naturaleza social muy relacionado con el rendimiento académico de los jóvenes. Los alumnos con más de 500 libros en casa obtienen puntuaciones claramente por encima de los que apenas disponen de libros en sus hogares. Como siempre, los padres tenemos que predicar con el ejemplo, por la cuenta que les trae a nuestros hijos y más si cabe, en un asunto tan decisivo.

Ana Yerro Vela Directora del think tank Institución Futuro

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