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Uno de los retos más importantes que afronta Navarra es el de la mejora de su competitividad, entendida como la habilidad para ofrecer un entorno atractivo y sostenible para que empresas y personas vivan y trabajen en las  mejores condiciones. A priori podríamos pensar que la Comunidad ya cumple este requisito: tiene uno de los niveles de calidad de vida más elevados de toda España, su PIB per cápita es de los más altos del país, al igual que los salarios, el desempleo es el más bajo de toda España.

Ahora bien, varios indicadores nacionales e internacionales nos vienen advirtiendo de que la competitividad de nuestra tierra está cayendo en términos absolutos y relativos, es decir, cuando nos comparamos con el resto de regiones españolas y europeas. Y es obvio decir que, en un mundo tan globalizado, hallarse en peor situación que nuestros vecinos no resulta positivo.

Nuestros puntos débiles radican en la sofisticación empresarial -lastrada por el pequeño tamaño de nuestras empresas-, las más que mejorables infraestructuras -con el TAV aún estancado- y la tasa de paro, empleo juvenil y temporalidad laboral, con un largo recorrido de mejora.

Sería ingenuo pensar que el avance de la competitividad, que incluye aspectos como la calidad institucional, la formación básica y superior, la preparación tecnológica o la innovación, puede abordarse de manera aislada. Solo con la colaboración de todos los agentes implicados -administración, empresas, centros tecnológicos y sectores educativos– se podrá conseguir que Navarra devenga más atractiva para que las empresas se instalen en nuestra tierra y las personas quieran venir o quedarse a trabajar en ellas.

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