Expansión, 16 de noviembre de 2002
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
Para conseguir algo, hay que soñarlo primero” me decía un amigo entrañable, admirado de un logro del think tank que dirijo.
Para conseguir algo, hay que soñarlo primero” me decía un amigo entrañable, admirado de un logro del think tank que dirijo.

Permítame hoy persuadirle a que soñemos juntos acerca de Europa. Toda conquista está precedida de una actitud de espera diligente hacia la posibilidad futura y gozosa. Para que el proyecto europeo avance, tenemos que contagiarnos de una ilusión inteligente. Si consiguiéramos vislumbrar todo lo bueno que puede traernos la Unión Europea, el esfuerzo por materializar nuestro sueño sería mas atractivo.

Comparto la idea de Helmut Kohl, el genial europeísta al que tanto debe España, “un pueblo que no conoce su historia no puede comprender el presente ni construir el porvenir”. El respeto a los rasgos esenciales que conforman la personalidad de cada país es previo a cualquier acuerdo conjunto. Desde esa premisa aprecio grandes oportunidades si la integración europea nos la tomamos en serio.

Europa puede ser el continente líder del mundo si mediante la vinculación de sus países conseguimos economías de escala. La diversidad cultural europea, no es un lastre, sino una potencialidad para generar sinergias. La clave reside en hacer fecunda nuestra variedad para conseguir la “masa crítica” que exigen los grandes proyectos. Es penoso que frente a la fortaleza de los Estados Unidos de América, la contribución a la estabilidad de la economía mundial desde esta orilla del Atlántico sean los Estados Desunidos de Europa.

Aspiro a una Europa coherente con el Principio de Subsidiariedad: sabio reparto de las competencias entre los parlamentos locales y el europeo. Las materias deben regularse por la instancia que pueda hacerlo con mayor eficacia. Conozco el caso de una cámara autonómica, que en una materia tan compleja como el síndrome espongiforme bovino, promulgó una normativa que meses más tarde hubo de ser corregida por una directiva comunitaria. ¿No sería mejor, que en materias de interés supranacional como la sanidad, el consumo, el comercio, la seguridad industrial, las telecomunicaciones, etc., legislara la eurocámara? Un ejemplo concreto es la ventaja competitiva que nos daría la eliminación de las barreras tecnológicas entre países: la unificación de estándares es una etapa ineludible para convertir los quince “mercadillos” actuales en un gran mercado único.

Sueño también con una política exterior europea única, incluyendo euroembajadores plenipotenciarios. Éste es el medio para tener autoridad en el mundo. Recuerdo que en la crisis argentina, las operadoras telefónicas europeas tuvieron que llevar a cuatro embajadores para exigir el cumplimiento de los contratos. Ni que decir cabe que el diplomático norteamericano fue atendido de inmediato.

Para que puedan darse esos avances algunos políticos debieran operarse de una doble miopía: ver tan sólo lo cercano (el propio país) y mirar únicamente el corto plazo (la próxima confrontación electoral). Se ha avanzado mucho; el euro es un buen ejemplo, pero queda mucho camino por recorrer. No dejemos solos a los políticos. Los ciudadanos tenemos mucho que decir y sobre todo que hacer. ¿Se anima a colaborar conmigo para construir el futuro ilusionante de nuestra Europa?

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