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La economía navarra y sus empresas se enfrentan a numerosos desafíos si quieren mantener su potencial de crecimiento y su ventaja comparativa. Tienen que moverse con rapidez desde un entorno institucional, de mercados y un funcionamiento de las organizaciones centrado en los costes, el uso y la imitación de tecnologías elaboradas por otros, y que ha funcionado sobre la base de una notable disciplina laboral y modestos salarios hacia otro que se nutra de la innovación, estimule la cooperación y consiga aumentar sustancialmente la productividad.

Esta transición no resultará nada fácil. Requiere de un impulso transformador notable. Las reglas de juego, el conjunto de contratos y relaciones y los incentivos de los agentes son muy distintos en una economía enfocada a la eficiencia, donde la imitación de buenas prácticas y el control son claves que para otra economía orientada hacia la flexibilidad, y la innovación.

Para avanzar en esa dirección necesitaremos de elevadas inversiones en activos intangibles; visión a largo plazo; una amplia colaboración entre los protagonistas de las instituciones; un liderazgo empresarial que motive e integre a las personas para que exploren nuevos caminos más que las controle y supervise.

Por ello, es urgente construir una arquitectura institucional e impulsar un desarrollo empresarial preparado para invertir en personas, conocimiento y recursos intangibles.

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