Expansión, 27 de junio de 2006
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
A nadie ha sorprendido la apatía de los catalanes ante el referéndum del Estatuto. La razón es clara: estamos hartos de tanta politización innecesaria. Ese clamor popular denunciado por los nacionalistas acerca de la demanda de un mayor autogobierno no existía. Por el contrario, la alta abstención registrada demuestra exactamente lo contrario: los catalanes ‘pasan’ de la política.
Si se hubiera tratado de unas elecciones europeas, se podría atribuir la ausencia a las urnas como una actitud de indiferencia hacia una elección que afectaba poco. La convocatoria que nos ocupa es distinta. Se trata de aprobar un nuevo marco autonómico que, por su proximidad, va a influir intensamente en las vidas de los electores. No entraré en el quiebro histórico que supone el paso dado hacia la emancipación catalana de España. Hoy prefiero centrarme en las causas de esa desidia ciudadana.
Considero que este pasotismo revela una grave tendencia de los españoles: el desprecio al modo de hacer política. Bastantes catalanes han renunciado al derecho de sancionar su ‘carta magna’ para castigar la apropiación de la sociedad por los políticos. La pena impuesta es tan severa que cuestiona la legitimidad del Estatuto, al haber acudido a votar menos de la mitad del censo.
Los medios de comunicación y los políticos son cómplices de la agresión mediática que soportamos. Los primeros necesitan proveerse de noticias de celebridades. Los segundos requieren notoriedad para atraer votos. Al final todos perdemos, pues la gente deja de prestar atención a tanto exhibicionismo injustificado. Una segunda razón proviene de que los temas de los que nos hablan los políticos no coinciden con los que preocupan a los ciudadanos. Cuando por intereses partidistas se hurtan del debate público los asuntos fundamentales (como la viabilidad del sistema de pensiones) la credibilidad e influencia de los dirigentes se debilita.
Para que se recupere la ilusión por ejercer los derechos ciudadanos hace falta impulsar el liberalismo en la sociedad. A diferencia de otras ideologías, bien socialistas o conservadoras, el impulso de las libertades ciudadanas no es factible a través de la acción de un partido político, en cuanto que encierra un contrasentido: nadie lucha por el poder para luego devolverlo a los ciudadanos. La obtención del liderazgo social cautiva a su poseedor y mueve a ejercerlo.
El modo eficiente de mejorar la participación requiere que los ciudadanos sientan el protagonismo social de ser tenidos en cuenta por los políticos. Dado que las acciones individuales no logran superar un umbral audible, es imprescindible organizarse en foros que logren la suficiente fuerza para condicionar las políticas públicas. Si no existe una vertebración de las opiniones personales, no se consigue la suficiente masa crítica para que estalle una libertad ciudadana que tome la iniciativa, y obligue a los políticos a ser auténticos servidores públicos. El problema para esa acción colectiva es la debilidad de nuestra sociedad civil y, lo que es peor, el temor ciudadano ante el poder gubernativo.
Sociedad civil y liberalismo son caras de la misma moneda: no pueden existir por separado. Los políticos tendenciosos, para impedir que surja una sociedad liberal, refractaria a su control, se han aprovechado de la ignorancia de muchas personas y han colgado al liberalismo el sambenito de ‘salvaje’. Además, han acusado a esta doctrina de que su máxima aspiración es un egoísmo y un afán de lucro desmedidos. Hoy, cualquier persona sabe que el genuino liberalismo es humanista y que contempla las cualidades que convienen a un buen uso de la libertad: la solidaridad con los que verdaderamente son necesitados y cooperan para salir de su infortunio, la ética, la defensa de la familia y demás fundamentos de nuestra civilización cristiano-occidental. Por último, felicito la iniciativa Ciutadans de Catalunya, el partido apolítico. En definitiva, representa un intento encomiable de articulación de la sociedad civil para defenderse del acoso nacionalista.
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