Expansión, 14 de diciembre de 2002
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
“No permitas que los mediocres te desalienten”. Éste era el consejo de un mentor admirable ante mi zozobra para emprender un reto profesional, prometedor a largo plazo, pero que chocaba con la opinión de los mercaderes de modas al uso.
“No permitas que los mediocres te desalienten”. Éste era el consejo de un mentor admirable ante mi zozobra para emprender un reto profesional, prometedor a largo plazo, pero que chocaba con la opinión de los mercaderes de modas al uso.

Ralph Emerson lo decía de un modo más pragmático: “la confianza en sí mismo es el primer secreto del éxito”. Vivimos una época en que el temor generado por la incertidumbre está provocando la desconfianza ante los paradigmas económicos y, lo que es más peligroso, la inseguridad en nuestras propias convicciones. Las consecuencias son el miedo a tomar decisiones de alcance y la pérdida de liderazgo (si no creemos en nosotros mismos, nadie lo hará).

Nos hemos vuelto tan cautelosos que nos concentramos en el beneficio inmediato: lo que podemos controlar. No porfiamos la inversión de nuestros esfuerzos a largo plazo. Se olvida la conveniencia de que el aforismo carpe diem (aprovecha cada ocasión del presente) debe ser conjugado con la sentencia respice finem (mira al final). El mejor modo de rentabilizar el corto plazo es actuar teniendo en cuenta la meta final: la situación a la que de verdad queremos llegar. Intentar aprovechar todas las opciones conduce a ninguna parte. Para tener finalidad, para llegar lejos, es preciso preparar el futuro: tomarse un tiempo para seleccionar las acciones a emprender.

La experiencia activa del pasado exige tener ideas claras para salir al encuentro del futuro. Ya no es de rigor aplicar el vademécum de las respuestas-receta cerradas que prepara nuestra memoria, procedimiento poco innovador, que no aporta progreso. Para descubrir las claves de futuro se requiere la sagacidad para hacerse buenas preguntas, incluidas las incómodas, aprender a mirar fuera del marco habitual, y un sano espíritu crítico de centrarse en su virtualidad radical, para lo que deberá descubrir que muchos de los asuntos que nos preocupan no deberían gastar nuestras neuronas, pues o no dependen de nosotros mismos, o son trivialidades a ignorar. ¡Cuánta energía desperdiciamos! De lo que nos tenemos que ocupar es de aquello en lo que nuestra acción u omisión puede tener consecuencias para nosotros, para los demás o para la empresa en que trabajamos.

Nuestra realización personal exige saber con certeza qué es lo esencial para nosotros, y eso no es fácil. Son tiempos en que el marketing nos hace engullir auténticos sapos vivos, ante los que preferimos claudicar para no enfrentarnos. Para fortalecer nuestra diversidad debemos eludir el pensamiento único y generar expectativas. Ahora, como siempre, la mejor riqueza, la más personal, y, por tanto, más valiosa está en los intangibles: el desarrollo en plenitud de nuestras potencialidades.

Los que quieren todo, ahora y sin esfuerzo, son los grandes perdedores finales. Es necesario regirse por una o dos prioridades, mantenerlas en el tiempo, y hacerlo con energía. Sólo así llegaremos a la meta pretendida. La coherencia entre nuestras ideas y el futuro que nos deseamos, y el logro de objetivos intermedios motivará nuestra andadura. Hágase un regalo por Navidad: tómese tiempo para pensar y decidir. ¡Consiga que su futuro dependa de usted!

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