Nueva Gestión, 30 de abril – 24 de mayo de 2009
Antonio Los Arcos, miembro de Institución Futuro
Desde hace un tiempo se habla, sobre todo, de despidos. Al menos desde que se hizo pública la situación de crisis. Esa palabra, reina actual de nuestro vocabulario, viene asociada a casos particulares, expedientes de regulación y colas en las oficinas del INEM. Tres millones y medio de parados y subiendo. Y, en el candelero, el debate sobre la necesidad de flexibilizar o no los despidos, debate en el que no parece que se vaya a llegar a ningún acuerdo, al menos de momento. De lo que ya casi no se habla, y sin embargo resulta un tema de gran importancia, es de flexibilizar la contratación.

El mundo empresarial no pasa por su mejor momento, y nadie sabe cómo estará dentro de un año, dentro de dos, o dentro de cinco. En un contexto tan poco alentador, muchos empresarios se lo pensarán dos veces antes de contratar a nadie. Sobre todo si, de momento, pueden salir del paso con una persona menos en la plantilla. Y si todos esperan hasta ese momento en el que se empiece a vislumbrar la salida del túnel, para entonces seguramente sea tarde. Como ha dicho en varias ocasiones Fernando Eguidazu, vicepresidente del Círculo de Empresarios y Economista del Estado, corremos el peligro de salir de la crisis con tres millones y medio de parados y un crecimiento del PIB no superior al punto y medio porcentual: la tan citada últimamente crisis en L.

Los datos hablan por sí solos. Y no habla bien del mercado laboral español el que ocupemos el puesto 160 de 181 en el informe “Doing Business 2009”, del Banco Mundial, en el apartado de rigidez laboral. Tampoco reconforta saber que hemos perdido una posición respecto al ejercicio anterior. Pero lo que resulta especialmente preocupante es nuestro índice de dificultad de contratación. Con un 78%, nos encontramos entre los 12 países con más trabas, a la par que Bolivia, Taiwán o Panamá, entre otros. Sólo otro país europeo nos acompaña en tan selecto club: Eslovenia. Y eso que llevamos años oyendo quejas sobre la precariedad de las contrataciones en España.

Según las previsiones del BBVA, España podría llegar a los cuatro millones cien mil desempleados a lo largo de 2009 y a los cuatro millones y medio en 2010. La pregunta es, ¿cómo pretendemos reducir esa cantidad de parados si no es facilitando la contratación? Más allá del debate sobre la calidad del empleo, que no deja de ser importante, la situación actual dificulta en gran medida la contratación de indefinidos. Quizá es el momento de sacrificar todos un poco y remar en la misma dirección. Alternativas, como ejemplo, serían aumentar a 18 meses o a dos años la duración máxima de los contratos temporales y reducir las limitaciones que pesan sobre estos. ¿Genera más temporalidad? Sí. Pero ante la perspectiva de un 20% de población activa en paro, lo fundamental parece generar empleo. No nos olvidemos tampoco que ese aumento del empleo inyecta capital en la sociedad, que a su vez se reinvierte en el consumo.

La crisis es un círculo vicioso: se reduce el empleo, se reduce el consumo, se reduce la producción, se reduce el empleo… Hay que frenarlo como sea y revertir la tendencia, convertir el círculo económico en virtuoso. Aunque nadie dice que vaya a ser fácil. Por otro lado, una reducción de las rigideces evitará tentaciones al empleo encubierto: si no se llegó a erradicar del todo en tiempos de bonanza, el germen queda para las “vacas flacas”.

Con la coyuntura económica actual, sin ninguna fecha clara de reflote, y con el desempleo en niveles que parecían ya olvidados (júntense cinco personas en 2010 y, por estadística, una estará en paro), debería plantearse seriamente flexibilizar el mercado laboral para poder hacer frente a lo que ya nos ha caído encima y a lo que queda por venir.

 

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