Expansión, 29 de mayo de 2005
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
Los dirigentes europeos deben despertar el compromiso de la sociedad civil. Europa será fuerte cuando existan condiciones para que sus ciudadanos sean emprendedores.
Los dirigentes europeos deben despertar el compromiso de la sociedad civil. Europa será fuerte cuando existan condiciones para que sus ciudadanos sean emprendedores.
Europa está sin líderes. Los políticos que padecemos en los tres países que debieran ser la cabeza de la UE no despiertan admiración alguna. Se les nota que no están convencidos de sus proclamas de plástico, a menudo producto de un marketing electoral y cortoplacista. Les falta capacidad de arrastre para acometer las reformas que necesitan sus países. Como decía The Economist, Schröeder está escarmentado por el fracaso de su tibio intento de cambio y ha ralentizado sus insuficientes medidas; Chirac siempre ha sido más un superviviente político que un reformista auténtico; Berlusconi está más pendiente de sus problemas legales que de levantar la deprimida economía italiana. Se echa de menos el carisma de sus predecesores que, en peores condiciones, supieron recuperar la confianza de sus ciudadanos en el país. Así, Helmuth Kohl reunificó Alemania enfrentándose con los que eran conscientes de los sacrificios que ese proceso conllevaría; Jacques Delors hizo que Francia creyera en Europa; Aldo Moro rompió todas las reglas haciendo una coalición con los comunistas que permitiera que Italia pudiera tener gobierno.
Estos estadistas constituyen ejemplos de personas comprometidas con su misión, con una virtud que no tienen los actuales dirigentes: supieron explicar sus convicciones a la ciudadanía. Si nuestros políticos no son capaces de persuadir a los ciudadanos de la necesidad de flexibilizar el mercado laboral de un lado, y de reducir los beneficios sociales de otro, habrán fracasado en su intento de servir a su nación. Hans D. Barbier el pasado día 14 en el Frankfurter Allgemeine Zeitung comentaba que la causa por la que Alemania no arrancaba era la falta de confianza en sus políticos. Estoy convencido que cuando un estadista juega a largo plazo y es capaz decir la verdad desnuda a ciudadanos, sin excusas, los sacrificios que propone compartir son aceptados por la sociedad. Obviamente para poder acometer esa batalla se precisa una oposición generosa, a la que le preocupe más el bien del país que la instrumentalización egoísta del descontento de los insolidarios. Todos sabemos que así no podemos seguir. No tenemos la competitividad que el mercado mundial exige para garantizar nuestro porvenir. El cambio lo aceptamos peor cuando las acciones que se llevan a cabo son tibias. Son parches provisionales que no resuelven nada. Irrita, además, que esos falsos remedios los pagan siempre los mismos: la sufrida clase media.
Mientras la vieja Europa muestra una productividad insuficiente para mantener el bienestar, Estados Unidos está mostrando su vitalidad al mundo. La capacidad de crecimiento de esta nación es la locomotora de la economía mundial. La incertidumbre económica en que vivimos no les intimida. Estados Unidos no es un país ortodoxo en su desarrollo. Su gigantesco déficit exterior no le quita el merito de su competitividad. EEUU está superando la pérdida de empleos en actividades no rentables mediante ocupaciones que generan un mayor valor añadido. Así, los últimos datos de empleo en los EEUU señalan que durante el pasado mes de abril se crearon 288.000 nuevos empleos. Un ejemplo de estas actividades lo protagonizan los trabajadores del conocimiento (knowledge workers), quienes cambian de trabajo frecuentemente, asegurando que sus habilidades y know-how se extienden al resto de la industria.
Otro aspecto, que es particularmente admirable si se mira desde la subsidiada Europa, es que el aumento del empleo y la competitividad en Norteamérica se debe a la sociedad civil. El hecho que lo demuestra es que tres cuartas partes del empleo neto creado entre el bienio 1999-2000 es debido a pymes. Por el contrario, la mayoría del empleo perdido en los diez últimos años procedía de recortes de plantilla de grandes compañías, tuteladas bastantes de ellas por el Estado. Otro dato esclarecedor es que las pequeñas empresas producen entre 13 y 14 veces más patentes por empleado que las grandes.
Una de las causas del estancamiento europeo es la rigidez del sistema: un abuso de seguridades que desincentiva el espíritu de emprender y unos impuestos que reducen la capacidad privada para crear empresas. También una progresividad excesiva del impuesto de las rentas del trabajo incita a trabajar lo imprescindible. Alemania es el país que puede servir de referencia de lo que no hay que hacer y Siemens, con sus 51.000 empleos perdidos en la última década, es un ejemplo de lo que puede pasar a una empresa tecnológicamente avanzada, cuando es atrapada por la rigidez del sistema. La solución está en que los estados europeos dispongan unas condiciones que estimulen el atractivo a arriesgarse. En Europa sobra legislación e intervencionismo y falta iniciativa ciudadana. ¡Pierda el miedo! ¡Atrévase! Será más feliz equivocándose en intentar su sueño que viviendo protegido pero sin proyecto propio.

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