Expansión, 29 de diciembre de 2007
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
Hay esperanza tras este año tan desafortunado para asegurar un proyecto de nación en el largo plazo? Honradamente, mantengo una expectativa positiva porque confío en que la madurez de los ciudadanos se acabará imponiendo. Es verdad que no llegará sin esfuerzo el que España tenga un mejor gobierno, pero estimo que el creciente descontento social es una fuerza que acabará venciendo.
También, la actual coyuntura anima a pensar en la posibilidad de un cambio. El realismo de la desaceleración económica no se puede maquillar con ilusionismos. La propaganda gubernamental tiene cada vez menos credibilidad y, paralelamente, crece el temor de un deterioro de nuestro bienestar. Pondré como ejemplo el flagrante incumplimiento del compromiso que hizo Zapatero de no aumentar la presión fiscal. Según datos hechos públicos esta semana por el Ministerio de Economía y Hacienda, desde que comenzó la legislatura este ratio, que mide el peso de los ingresos tributarios sobre el PIB, ha crecido más de dos puntos.

Estas circunstancias pueden provocar, de un lado, un descontento de votantes del PSOE que les desanime a acudir a las urnas y, de otro, ante la alarma social que provoca la crisis económica que está comenzando, un aumento de los votos al PP desde ciudadanos que se abstuvieron en las anteriores elecciones generales. Es probable que la unión de ambos efectos otorgue la victoria al Partido Popular en los comicios de marzo.

Si esto ocurriera, sería factible lo que Mariano Rajoy ha prometido intentar y que también desean la mayoría de españoles: un acuerdo entre el Partido Popular y el Partido Socialista para frenar la partición de España en reinos de Taifa. Éste es el único modo de detener el avance nacionalista, algo que duele especialmente en Cataluña, pues allí, donde la situación estaba bajo control, Zapatero ha creado un problema al consentir el acoso a los que no participen del nacionalismo como contraprestación al apoyo que le ha brindado Ezquerra.

A pesar de que las encuestas otorgan una ventaja al PSOE, la diferencia es muy reducida. Es muy probable que ayudaría al triunfo del PP el que esta formación concentrara su esfuerzo en las circunscripciones donde faltan pocos votos para conseguirse un escaño más. La inteligencia que utilizó Esperanza Aguirre y su equipo para ganar la repetición de las elecciones en la Comunidad de Madrid en octubre de 2003 puede servir de estrategia de referencia para conseguir esos pocos votos que otorgan el escaño siguiente. Pondré un ejemplo.

En Navarra goza de un prestigio excepcional la alcaldesa de Pamplona, Yolanda Barcina, como lo demuestra el hecho de que en las últimas elecciones su partido obtuvo mejores resultados en las municipales que en las autonómicas, algo parecido a lo que ocurría con Francisco Vázquez en La Coruña. Si esta alcaldesa encabezara la lista del Congreso por Navarra es probable que el PP obtuviera uno de esos diputados adicionales que pueden dar la mayoría a los populares. Si esta acción se repite en todas las Comunidades Autónomas en las que los populares están cerca de obtener un diputado más, la mayoría del centro-derecha estaría asegurada.

No quisiera cerrar este ‘annus horribilis’ sin contagiarles un poquito de ilusión. Estar abatido por todos los errores y horrores propiciados por el Ejecutivo gasta la energía que debiera emplearse en resolver las dificultades. Creo que la posibilidad de que Rajoy llegue a La Moncloa es una esperanza para los que demandemos una mayor sensatez en la forma de gobernar España. Si el Partido Socialista tuviera un buen candidato creo que los españoles podríamos estar tranquilos, pero Zapatero ha sido tan torpe que supone un riesgo grave, máxime ante la crisis económica que ha comenzado en España y la incertidumbre en la que vive el mundo.

El gran reto para que la eficiencia vuelva a gobernar España, tal como ocurrió con los dos primeros mandatos de Felipe González y con los de José María Aznar, es que los ciudadanos ejercitemos nuestra responsabilidad cívica y participemos más en la vida pública. El mejor motivo para nuestra esperanza es tomar conciencia de la fuerza que representa nuestra libertad. Castigar a los políticos frívolos con el desprecio de nuestra abstención no resuelve nada.

Los ciudadanos que estamos hartos de tanto prestidigitador estrafalario debemos organizarnos para protestar de una manera eficaz. La convulsión en la que estamos viviendo y el empacho que percibimos los ciudadanos de una ocupación excesiva de todos los espacios públicos por los políticos presenta una audaz oportunidad: articular, de una vez por todas, una sociedad civil fuerte que tenga que ser escuchada por los políticos.

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