Expansión, 8 de marzo de 2003
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
¿Es más vulnerable nuestra economía con la ampliación europea? La respuesta depende del esfuerzo y, sobre todo, de la inteligencia de las acciones que estemos dispuestos a realizar.
¿Es más vulnerable nuestra economía con la ampliación europea? La respuesta depende del esfuerzo y, sobre todo, de la inteligencia de las acciones que estemos dispuestos a realizar.

De entrada, parece evidente que en la nueva etapa lo tenemos más difícil. Alemania goza de una situación de partida privilegiada para aprovechar los mercados que ofrecen los nuevos miembros.

Además, su aproximación geográfica y cultural, y su avanzada tecnología, les favorece tanto para el comercio como para implantar allí nuevas factorías. Por otro lado, los países que se incorporan pueden competir mejor que nosotros en sectores de mano de obra intensiva, tales como el montaje de vehículos.

El reto de la ampliación exige sobre todo ingenio, o nos perjudicará seriamente. Sirva de aviso el posible traslado de algunas plantas de las multinacionales hacia países de costes productivos claramente inferiores, y con regulaciones laborales menos exigentes.

El crecimiento de la Unión Europea, a diferencia de lo que le ocurre a Alemania, nos hace más periféricos; lo que perjudica nuestra competitividad en aquellas actividades en las que la distancia o el tiempo en prestar un servicio se traducen en un coste.

No sólo es el transporte de mercancías, se trata sobre todo del alejamiento de la cultura tecnológica y del I+D+i de las elites de excelencia. A pesar de las enormes posibilidades que ofrecen los nuevos modos de comunicarse, el verse y tratarse es fundamental para hacer equipos conjuntos.
Una primera idea para sacar partido de la ampliación es la conveniencia de tener un área de influencia próxima a la que desarrollar, y en la que, por consiguiente, hacer negocio. Quizás la mejor opción sea favorecer que Marruecos tenga un potencial similar a los países de la ampliación, merced a un acuerdo preferencial de ese país con la Unión Europea.

Mi segunda sugerencia, que, al contrario de la anterior, depende de nosotros, es ser más rápidos, ágiles y competitivos para instalar en esos países aquellas industrias de tecnología media-alta, nivel en el que sí podemos ser competitivos. Se trataría de venderles la parte del proceso productivo que genera mayor valor añadido, el know how y, con la contribución de socios locales, montar industrias manufactureras en esos países.

Acabaré con la cualidad previa que veo más imprescindible para impulsar la ‘conquista’ de la Europa del Este: perder la aversión al riesgo. Más que nunca nos hace falta ese espíritu emprendedor que se aprecia en muchos empresarios de EEUU, quienes consideran el fracaso como una parte de la curva de aprendizaje. Esta actitud, unida a la de unos técnicos abiertos a trasladar su residencia, nos daría una gran ventaja en la ampliación europea.

Los peores corsés no están en nuestro sistema económico y legislativo: están en nuestras mentes. No duden de que si lográramos dinamizar todo el potencial que encierra nuestra cultura latina, e invirtiéramos más y, sobre todo mejor, en I+D+i, seríamos más competitivos que los rígidos germanos.

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