Expansión, 25 de enero de 2003
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
Cuando el Partido Popular comenzó su mandato, tuve la esperanza de que el gasto público disminuyera, de que tantas energías prisioneras de una gestión burocratizada se liberaran a favor de las iniciativas de los ciudadanos más emprendedores y competitivos.
Cuando el Partido Popular comenzó su mandato, tuve la esperanza de que el gasto público disminuyera, de que tantas energías prisioneras de una gestión burocratizada se liberaran a favor de las iniciativas de los ciudadanos más emprendedores y competitivos.

Ilusión frustrada.¡Pobre sociedad civil! Antes de la consolidación de nuestras democracias, los gobernantes secuestraban la libertad merced a la violencia física o a la seducción ideológica. Pensábamos que la tiranía desaparecería, pero sigue perviviendo a base de engañosas dádivas.

El Estado cubre algunas de nuestras necesidades primarias, embauca a muchos con pensiones y subsidios, muchas veces de miseria y, a cambio, se apropia de nuestros recursos y nuestra libertad para decidir qué es lo que nos conviene. Por ahora, no he conocido gobernante capaz de frenar esta tendencia perversa, pese a las promesas de lo contrario.

Por ejemplo, debido a la nueva Ley de Estabilidad Presupuestaria el gasto público se ha serenado, pero no se ha reducido para garantizarse los muchos votos que consiguen las prácticas populistas.

El mayor equilibrio presupuestario se ha logrado por el incremento de los ingresos por impuestos. De hecho, parece existir una maldición, según la cual, cada vez que se introduce una nueva partida “social” en el Presupuesto, nunca desaparece.

El Gobierno del Partido Popular cometió el error de no acometer las reformas más difíciles al principio: tras una cirugía, incomprendida pero necesaria, se hubieran obtenido valiosos logros. Una de esas medidas debiera haber sido el copago por parte del beneficiario de los servicios no imprescindibles.
Otra, una reforma laboral profunda que permitiera que nuestro país fuera más competitivo. La marcha atrás del “decretazo” sobre el paro prueba que es más fácil complacer a corto que asumir un compromiso con las propias ideas en el largo plazo.

El problema es que como consecuencia de la falta de liberalización, los responsables del Estado nodriza exigen unos impuestos tan elevados que impiden nuestro dinamismo y fomentan la pasividad del ciudadano, que prefiere ir tirando a mejorar con su esfuerzo su calidad de vida.

Cuando abundan los servicios públicos gratuitos, los beneficiados olvidan que suponen un gran coste para la sociedad y se cometen abusos lamentables. El paternalismo populista tiene efectos muy negativos, porque anestesia a la sociedad más débil y la hace más vulnerable a la manipulación.

También despierta la aversión al riesgo e impide el desarrollo de las iniciativas de muchos emprendedores y profesionales, desalentados al comprobar que buena parte de los beneficios de su esfuerzo terminarán en las arcas de la Hacienda Pública.

Los más desfavorecidos son los que más pueden perder con la paranoia igualitarista: para poder repartir la tarta, antes debe fabricarla alguien.

Solo en libertad pueden aflorar otras virtudes como la liberalidad (generosidad) y la solidaridad. Con ellas el trozo de pastel es mayor que el que proporciona un intervencionismo agresivo. Sólo una sociedad civil luchadora e inteligente, en alianza con los medios de comunicación más serios, podrá conseguir que impere el sentido común, y que la racionalidad presida la acción política con un horizonte más amplio que el de la siguiente confrontación electoral.

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