Expansión, 5 de marzo de 2005
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
Stiglitz, todo un provocador, cuestiona las políticas económicas del FMI, de EEUU y de Europa, de las que reclama mayor cohesión y dinamismo para que cuente en el mundo.
Stiglitz, todo un provocador, cuestiona las políticas económicas del FMI, de EEUU y de Europa, de las que reclama mayor cohesión y dinamismo para que cuente en el mundo.
La semana pasada tuve la oportunidad de poder escuchar a Joseph E. Stiglitz (Indiana, 1943), premio Nobel de Economía 2001, unas manifestaciones provocativas en el sugerente foro Viálogos de Caja Navarra. Stiglitz es un conocido inconformista que ha cuestionado las teorías clásicas de la economía por considerar que han sido construidas desde la premisa de que la competencia es perfecta, supuesto que él considera falso.

Este profesor de la Universidad de Columbia afirma que el libre mercado no tiene la capacidad suficiente para funcionar de un modo eficiente, por lo que es partidario de un cierto intervencionismo por parte del Estado.

Otro rasgo de este neokeynesiano economista es su beligerancia con la gestión de la globalización de las instituciones financieras internacionales; el profesor considera que sus políticas benefician a los países ricos y perjudican a los pobres. Así, al dejar de ser vicepresidente del Banco Mundial, responsabilizó al Fondo Monetario Internacional (FMI) de la crisis asiática de 1998, por ofrecer un antídoto general, cuando cada país necesitaba una medicina singular.

Comentó que la ayuda que presta el FMI a los países en dificultades atiende más a las propias necesidades del Fondo que a lo que realmente conviene a cada país. De ahí que algunas naciones hayan preferido imponerse duras medidas antes de perder su soberanía económica.

Como suele ocurrir con casi todo enfant terrible, sus declaraciones tuvieron una clara intencionalidad provocadora. Sus revelaciones en el ámbito económico fueron esclarecedoras para intuir el futuro que nos aguarda. Por el contrario, en las apreciaciones políticas dejó entrever de un modo divertido su visceral postura anti-Bush, olvidando que muchos estereotipos de EEUU no son aplicables a España.

Incertidumbre en Occidente
Al hablar de la economía global, el nobel citó los múltiples riesgos que se perciben en las economías de los países tradicionalmente fuertes, afirmando que la actual coyuntura económica encierra una expectativa de incertidumbre absoluta. Alertó acerca de la grave crisis del sistema de pensiones que se nos avecina, sugiriendo un retraso en la edad de jubilación y una mayor inversión en fondos que aseguren las prestaciones sociales. También se mostró pesimista acerca del equilibrio del mundo, en cuanto que, aunque se registra un apreciable crecimiento, éste no es global.

Cuando se refirió a Europa, elogió las políticas comunitarias a las que consideró como más solidarias que las de EEUU; destacó la apertura de los mercados europeos a los países subdesarrollados y la responsabilidad con el medio ambiente al aplicar el Protocolo de Kioto.

Criticó la tibieza de la economía europea a la que concedió escasa influencia en la economía global, tanto para lastrarla como para impulsarla. Afirmó que Europa no despunta porque, al no estar cohesionada, no actúa de un modo conjunto. Se mostró partidario de reformar el Pacto de Estabilidad. Indicó que lo peligroso no es tener déficit, sino gastar mal. Invertir en asegurarnos un mejor futuro puede justificar el endeudamiento, pero no el derroche en subvenciones para jubilaciones anticipadas o mantener empresas no viables. Acerca de la reactivación de la economía europea, indicó que no era suficiente conseguir una mayor flexibilidad laboral; añadió que se precisaba también un cambio de enfoque que despierte un mayor dinamismo. A modo de ejemplo, sugirió la conveniencia de que exista una cooperación universidades-empresas, que actúe como motor, tal como ha venido ocurriendo en EEUU, y auguró un gran futuro a ese nexo en el sector biotecnológico.

Malos presagios para EEUU
Stiglitz, antiguo asesor económico de Clinton, fue corrosivo con la actual política económica norteamericana. Dijo que EEUU malgasta los recursos cuando, para reducir su presión fiscal, se endeuda cada día con dos mil millones de dólares adicionales, dinero que le prestan países más pobres. Criticó el innecesario gasto del Pentágono en la Guerra de las Galaxias, ahora que Rusia es más un aliado que un enemigo. Respecto al mercado de divisas, aseguró que el dólar tiene mal porvenir como moneda de reserva, algo que lo confirma el aumento de inversiones en una cesta de monedas que ya han comenzado a hacer varios países.

Fue demoledor en su fundada crítica acerca de la política inmigratoria antiterrorista que ha impuesto Bush; es tan restrictiva que impide que el mejor talento del mundo pueda acceder a las universidades norteamericanas. Aseguró que esa inteligencia foránea es imprescindible para que EEUU mantenga su predominio tecnológico, opinión que Robert Gates –el antiguo director de la CIA– también anticipó en el informe The world in 2005 del prestigioso semanario The Economist. Stiglitz concluyó que el futuro está en Asia, región que puede liderar el mundo si Europa y EEUU no espabilan.

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