Diario de Navarra, 20 de enero de 2010
José Javier Olloqui, director general de Institución Futuro
A todos nos gustaría vivir cien años, más incluso, si pudiéramos asegurar que los disfrutaremos plenos de salud física y mental. Hemos generado servicios de bienestar que guardamos celosos y a los que dedicamos importantes partidas presupuestarias. Cuando los ingresos escasean, tal y como está ocurriendo ahora debido a la crisis económica, priorizamos su existencia y luchamos por afirmarlos como imprescindibles, endeudando incluso a generaciones futuras.

Esta filosofía es comprensible, sin embargo los sistemas de bienestar gestionados en la perspectiva incorrecta nos restan años de vida. Paradójico. Los aparentes progresos de la intervención estatal como pilar estratégico en la formación del Estado del Bienestar peligran con transformarnos en ciudadanos dependientes, faltos de crítica, acomodaticios y enajenados de la propiedad de nuestro propio destino y de nuestra propia vida. Sencillamente, peligroso. Posiblemente, seríamos capaces de ponernos de acuerdo justamente en lo contrario: un verdadero Estado de Bienestar debería generar ciudadanos críticos, responsables, participativos, autónomos.

Revisando algunos de los pilares básicos del sistema del bienestar, hablemos de salud. La salud es propiedad y responsabilidad del ciudadano. Podemos establecer los mejores sistemas de protección, pero no es aceptable que el ciudadano conciba que no importa si fuma durante cuarenta años dos cajetillas diarias, porque nos haremos cargo de su cáncer de pulmón. Tampoco ocurre nada si gestiona inadecuadamente su alimentación, porque nos haremos cargo de su diabetes tipo 2. La educación en autorresponsabilidad en el tema de la salud es indispensable. Tiemblo con sólo pensar en la vejez de los babyboomers españoles. Podemos aprender hoy de otras experiencias, como la generación americana de postguerra. Salvando las distancias del sistema sanitario de cada país, los problemas a los que nos enfrentaremos no diferirán mucho y el colapso del nuestro, en veinte años, parece evidente. Cuando hablamos de eficiencia en el gasto público, hay muchos lugares donde incidir pero, sin duda, los gastos en salud requieren una profunda reflexión y, sobre todo, acción.

Hablando de trabajo. El trabajo es fuente de bienestar y el sistema del bienestar no nos da trabajo, sino prestaciones por desempleo. Es importante dar el pez a la persona, pero es más importante todavía darle la caña. Caña y pez a la vez y en el mismo sistema de bienestar. La verdadera política social es la que genera empleo, el verdadero bienestar está en el trabajo y todos los esfuerzos deben ponerse en generarlo. Por uno u otro motivo, nos olvidamos de reconocer a quienes generan riqueza: el empresario y el trabajador. De nuevo, a la vez. Uno sin otro no sirve, no funciona. De un lado, nos olvidamos de allanarle el camino a quien emprende y arriesga, incluso hasta lo despreciamos. Peligroso. El empresario socialmente responsable debe ser reconocido y entronizado como bienhechor y generador de futuro y bienestar. El explotador, especulador y socialmente irresponsable, sepultado. Por otro lado, nos obstinamos en generar ciudadanos anclados en un mundo de derechos irrenunciables que los anquilosan y les quitan libertad y empuje para, con su propia formación y desarrollo, buscarse la propia riqueza personal y su propio destino. En el mercado laboral, los sindicatos, como templos de derechos del trabajador, deben ser garantes de que los cambios sean controlados y siempre hacia adelante. Los trabajadores necesitan quien les defienda, y sus defensores justificar su existencia, y en esta perspectiva el cambio es difícil. De nuevo ciudadanos dependientes de un sistema que dudosamente les protege. No necesitamos un ciudadano-trabajador que pone la mano, sino un ciudadano libre, emprendedor, que autogenera su riqueza y su bienestar con su esfuerzo y participación diaria.

Creo que desde muchas instituciones y organizaciones no interesa un ciudadano con estas características. Los políticos miman, y utilizan al ciudadano, quien lo mantiene en el poder cada cuatro años. Pero, ¿hay verdadero respeto? En esta dependencia, mejor no contarle cosas muy desagradables y, fuera del acto de votar, mejor que no opine mucho. En Navarra, para ser justos y sin caer en la autocomplacencia, contamos hoy en la elaboración de proyectos vitales -administrativos y legislativos- con experiencias muy gratas de participación ciudadana. Pero no es así siempre ni en todas partes.

Sin embargo, este mundo se transforma a pasos acelerados. Es global y cada día más participativo y compartido. Sugiero, señores todos, que nos adaptemos al mismo ritmo, incluso a costa de perder nuestra poltrona. Sean ustedes también ciudadanos participativos, críticos, autónomos y sin miedo. ¿O es que el Estado del Bienestar también les ha hecho mella?

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