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A nadie se le escapa que después de un periodo de crecimiento económico largo y sostenido, comienzan a aparecer en el horizonte señales de enfriamiento tanto a nivel mundial como nacional que nada tienen que ver con la recesión sufrida entre los años 2008 y 2012. Recesión que se tardó en ver venir y reconocer. Hoy todos estamos más alerta y precavidos que entonces.

Se dice que la economía española se encuentra en una posición cíclica neutral pero que las diferencias respecto a las anteriores crisis vividas –sobre todo los cambios en la estructura productiva, con menos peso del sector de la construcción y más bienes exportables, la corrección del déficit exterior y la convergencia en precios a Europa– hacen poco probable que vayamos encaminados a otra recesión.

Es innegable que existe mucha incertidumbre en varios aspectos que van a influir en nuestra economía, y de todos es sabido que la incertidumbre y los negocios no son buenos compañeros.

A nivel internacional, el brexit plantea muchos problemas y aunque todo parece indicar que habrá acuerdo y no sufriremos un brexit duro, resulta harto complicado cuantificar su impacto en las empresas. No olvidemos que UK es el cuarto destino de nuestras exportaciones, el sexto de las importaciones, y el primer destino de nuestros turistas.

No menos importante es la guerra comercial entre Estados Unidos y China. La liberalización comercial que vivimos durante décadas se está viendo amenazada por una espiral descendente que va a tener efectos directos no solo en el PIB de los países implicados, sino también, como efecto colateral, en la UE. Sin obviar que la ralentización en el crecimiento de Alemania, que roza la recesión, también está poniendo en jaque a toda Europa.

La política monetaria europea es otro factor a tener en cuenta. Los tipos de interés tan bajos que tenemos en la actualidad no se están transmitiendo a la economía. Prueba de ello es que desde 2012 apenas crece el crédito doméstico en la UE.

Todo lo anterior lo vimos reflejado en la Encuesta de los Círculos 2019, recientemente presentada por Institución Futuro.

A nivel interno, los signos de deterioro de la economía española son cada vez más cuantiosos y severos. En el segundo trimestre de este año nuestro país creció al 0,4%, una décima menos que el trimestre anterior, que es el menor ritmo de crecimiento trimestral en tres años. A esto hay que sumar los todavía muy negativos datos de desempleo en nuestro país, la caída de las exportaciones y el retraso en el pago de nuestras facturas. Suele ser el indicador que anticipa a los futuros impagos. El número de vehículos pesados que transitan por nuestras carreteras y que lleva dos trimestres cayendo suele anticipar igualmente la ralentización económica.

Además de las cifras económicas, no deberíamos subestimar la influencia de la inestabilidad política que durante meses ha sufrido –y sigue haciéndolo– nuestro país. La falta de Gobierno está retrasando las reformas estructurales tan necesarias para la competitividad de la economía en general y de la empresa en particular.

¿Y qué hay de Navarra? Nuestra región supo capear la anterior crisis económica en mejores condiciones que el resto de CCAA, ayudada en buena medida por el gran peso del sector industrial en su economía. La Comunidad Foral ha resistido los efectos de la crisis en el empleo de manera certera, si bien en la actualidad la confianza del consumidor está cayendo, lo que dificulta que el consumo interno vaya a tirar de nuestra economía. Sí es cierto que el comercio exterior tiene tasas de crecimiento importantes, aunque se han desacelerado las exportaciones a la UE.

Mientras tanto, recibimos noticias como la de la mayor quiebra turística de la historia, la del turoperador británico Thomas Cook, que ha dejado un inmenso reguero de turistas a la espera de ser repatriados, empleados despedidos y cientos de millones de euros de adeudos a hoteleras y mayoristas.

Así las cosas, parece que por el momento las cifras solo apuntan a desaceleración -aunque el crecimiento todavía se mantiene-, pero las perspectivas sí son más alarmantes: el futuro dependerá de cómo se despejen las incógnitas que todavía persisten. En este sentido, tanto las entidades públicas como privadas no han de ser meros observadores pasivos, sino que deberían tomar cartas en el asunto: las Administraciones, no disparando el gasto público y llevando a cabo las reformas estructurales necesarias para que la economía esté en la mejor situación posible, y la empresa privada preguntándose, entre otras cosas, si debieran asegurarse los cobros, porque si ya resulta complicado vender en un mundo tan competitivo, lo que nos mataría sería el no cobrar. Que se lo digan a los proveedores de servicios de Thomas Cook.

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