Diario de Navarra, 23 de enero de 2015
Emilio Huerta, miembro de Institución Futuro

Las noticias económicas comienzan a ser positivas. Tienen ya otro tono. Navarra termina el 2014 con un aumento en el empleo neto, la Seguridad Social acumula diez meses interanuales de incrementos de cotizantes. Pero también es verdad, que el número de desempleados registrados se sitúa en 47.786 (46.400 según la EPA de ayer); 26.211 más que al empezar la crisis. Necesitamos que los avances en renta y empleo que la economía navarra está consiguiendo, sean más firmes e intensos. La consolidación del crecimiento requiere dar pasos para alcanzar un tejido económico más productivo. Si nuestra economía crece al 2,5 % en los próximos años y la productividad de trabajo aumenta en un 0,6% anual, volveremos a las tasas de empleo de 2008, después del 2020.

 

No podemos esperar tanto tiempo. Por eso es necesario seguir profundizando en las reformas de las instituciones públicas y los mercados y es urgente innovar en las empresas. Los tiempos están cambiando con rapidez. La crisis económica ha puesto de manifiesto en muchas empresas, las limitaciones de un modelo de negocio, unas estrategias y prácticas de gestión y un sistema de gobierno empresarial que ofrecen resultados mediocres en términos de productividad e innovación.

Durante mucho tiempo, la consecución de la eficiencia ha sido el principal argumento para la supervivencia empresarial. Había que aumentar la producción para conseguir el tamaño adecuado y reducir los costes. Tecnología y dimensión empresarial eran las claves del asunto. Después, la calidad apareció como un nuevo paradigma para alcanzar el éxito. La orientación hacia el cliente era requisito imprescindible para la supervivencia. El tercer imperativo estratégico ha aparecido en el inicio del siglo. Hoy la innovación y la flexibilidad para muchas empresas resultan esenciales para competir.

El encaje de los recursos, competencias y capacidades con la demanda debe ser rápido. Los desajustes se penalizan y los malos resultados aparecen de manera inmediata. La posición competitiva de cada compañía se define hoy a partir de la adaptabilidad y flexibilidad de la organización; la eficiencia y calidad se dan por supuestas. En estas nuevas circunstancias, el papel de las personas, los trabajadores, cuadros técnicos, profesionales y directivos, resulta crucial para entender la posición de las empresas y su éxito. Son los empleados los que están en contacto con los clientes, los que mejor entienden sus demandas y son ellos los que reconocen las contingencias que suceden en los procesos productivos y de suministro. Son ellos los que aportan los principales recursos intangibles; tenacidad, compromiso, creatividad y esfuerzo, todos ellos esenciales para competir.

Pero muchas de nuestras empresas se mueven con dificultad en esta dirección. Se han construido sobre los viejos modelos de organización, gestión y gobierno empresarial. Especialización y jerarquía, mando y control y el rumbo y objetivos lo definen los accionistas. Este modelo de empresa no ha funcionado bien para los empleados y por tanto consigue un limitado compromiso de los trabajadores en su empresa. Además, se están desarrollando en el mundo nuevos sistemas de gestión de excelencia cuyos rasgos son: orientación al cliente, mejora continua y organización en equipos y cultura participativa; tanto en las decisiones como en los resultados obtenidos.

Las empresas innovadoras le dan un gran valor estratégico a la gestión de su capital humano y para ello tratan de comprometer y motivar a sus trabajadores con incentivos adecuados y acciones orientadas a seleccionar bien a las personas, desarrollarles internamente mediante un buen diseño de sus carreras profesionales e inversión en formación para mejorar sus capacidades y valores.

El camino para que nuestras empresas avancen en la dirección apuntada resultará largo y difícil. Los obstáculos son notables; resistencias de los propietarios, desconfianza de los directivos, escepticismo de los sindicatos e incomprensión de los poderes públicos que está pensando sólo en la tecnología.

Y, además, el debate público sobre estas cuestiones está en sus inicios. Pero cuanto más tardemos en abordar el cambio en las empresas, más nos costará construir un tejido empresarial competitivo que genere más crecimiento y empleo de calidad. Si queremos crecer mejor, debemos competir mejor.


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