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Ahora sabemos ya con certeza que el sector de la población más afectado es el de la denominada tercera edad.

Las noticias casi al minuto sobre el impacto del covid-19 son desoladoras desde el punto de vista humano. Las cifras diarias de infectados y fallecidos resultan aterradoras. Y el peligro de ocultamiento de la identidad individual provocado por las estadísticas lo contrarresta el hecho bien tangible, por ahora alejado de Navarra, de que en algunas CCAA no se puedan enterrar los cadáveres por saturación, que se estén habilitando pabellones para almacenar los cuerpos… Ante este panorama se encoge el estómago y el espíritu, en especial el de quienes están viviendo en primera persona la pesadilla de no poder despedir e inhumar a sus seres queridos.

Antes de que se declarara el estado de alarma en España, el mensaje tranquilizador que se transmitía desde muchos medios, incluido el Gobierno central, era que el virus no debía preocupar a la población, puesto que su incidencia era claramente superior en las personas mayores. Como si el que afectara más a los ancianos fuera consuelo. Como si la pérdida de una persona de edad avanzada fuera menos dolorosa que la de un joven. Como si fueran ciudadanos de segunda. Como si la salud, el derecho a la vida y la dignidad dependieran solo de su fecha de nacimiento.

Ahora, sin saber aún cuándo se quebrará la famosa curva de contagio, sabemos ya con certeza que el sector de la población más afectado es el de la denominada tercera edad. El porcentaje de fallecidos aumenta de manera considerable a partir de los 60 años, y se dispara de modo alarmante desde los 80. En definitiva, quienes preconizaban que los jóvenes, salvo excepciones, no debían preocuparse por el azote del coronavirus tenían razón en términos clínicos, pero en sus palabras se entreveía una carencia absoluta de sensibilidad y ética.

En cualquier caso, en esta verdad no es factible encontrar consuelo. Menos aún cuando hay residencias de ancianos al límite de sus posibilidades, con muchos sanitarios infectados que no pueden cuidar de los residentes; ancianos conviviendo con cadáveres durante días, debido a las limitaciones de las empresas funerarias, hasta que han entrado los militares; test homologados que no llegan a tiempo… Menos aún cuando en algunas CCAA los sanitarios están teniendo que practicar medicina “de batalla” ante la falta de medios, y decidiendo sobre la marcha, en una labor de triaje supongo que abrumador para los médicos, quién tiene más probabilidad de sobrevivir o más años de vida por delante para tratar primero a un enfermo o a otro. Menos aún cuando, ante la escasez de recursos médicos -de sanitarios, de respiradores, de epis…- los centros sanitarios deben reservar recursos y no saturar el sistema, que se prevé colapsará tarde o temprano y dejara en el proceso un reguero de muertos.

Ese asunto causa mi total desazón. Si se sabe, como se sabe, que el sistema se va a saturar, habrá que actuar antes de que esto ocurra. Habrá que pensar en el modo de cómo tratar a todos los enfermos ahora, cuando todavía hay sitios en las UCIs, y en cómo se podrá curar a los enfermos futuros. Adquiriendo equipos cuanto antes, imprimiendo pantallas protectoras para los sanitarios o incluso respiradores, pensando en lugares alternativos donde se pueda acomodar a los pacientes menos graves…

Y sin dejar a nadie atrás, desde luego. Anticipando la que se viene encima, como no se hizo cuando se debía. Pero aún hay tiempo de rectificar, no para quienes ya se han ido, sino para cuantos esperan que el sistema sanitario les ayude.

En una sociedad carente del sentido de la justicia en no pocos aspectos, se tiene en poca estima a los sufridos veteranos. Pero como de manera certera escribía Victoria Lafora en estas mismas páginas, constituyen la generación que sufrió una durísima guerra civil y una posguerra de aúpa, son quienes levantaron con su trabajo España hasta equipararla con los estándares de la Unión Europea, los que salvaron a muchas familias en la crisis económica del 2008 con sus mermadas pensiones, los cuidadores de sus nietos, con frecuencia los maestros de no pocas familias… En suma, la memoria viva y aleccionadora de unos tiempos que tal vez se parezcan mucho a los que estamos sufriendo en la actualidad.

Una vez termine esta guerra contra el coronavirus, habrá que depurar responsabilidades. Porque aunque algunos preconicen que esta catástrofe también se olvidará, la sociedad española debe recuerdo y justicia a los fallecidos. Y con más razón, si cabe, a nuestros mayores.

Ana Yerro Vela, Directora general del think tank Institución Futuro

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