Diario de Navarra, 8 de abril de 2014
Javier Troyas, presidente de Institución Futuro

Últimamente me viene mucho a la cabeza un fragmento de la ópera de Rossini El Barbero de Sevilla, en el que D. Basilio intenta convencer a D. Bartolo de que utilice la calumnia para vencer a su contrincante. La describe como un vientecillo que empieza muy flojito pero que, a medida que pasa por los oídos, las bocas y los cerebros de la gente, va haciéndose más fuerte y poderoso hasta convertirse en una tormenta, en un vendaval imparable. Termina el aria diciendo que el infeliz calumniado, degradado y deshonrado bajo el público flagelo, no le queda más que morir.

La R.A.E. define la calumnia como una “acusación falsa, hecha maliciosamente para causar daño” aunque yo añadiría que a veces no se trata tanto de causar daño al calumniado sino de conseguir los propios fines considerando a éste como un daño colateral. “No es nada personal” se atreven a decir al calumniado, “son las circunstancias, estabas en medio y te ha tocado”. Pero ¿quién le restituirá la fama a esa persona?
Esta es una cuestión ya muy vieja, tan vieja como el mundo. Ya decía Séneca que “no hay nada tan veloz como la calumnia; ninguna cosa es más fácil de aceptar, ni más rápida de extenderse” solo que ahora, en la época de las redes sociales y de internet, la calumnia viaja a unas velocidades de vértigo por todo el planeta y cuando se lanza nunca se sabe a dónde llegará. Además, quedará registrada en la red y durante mucho tiempo, quién sabe cuánto, cada vez que se busque el nombre del calumniado, aparecerá alguna noticia asociada a su supuesta tropelía. Y esto afectará y marcará su futuro para siempre. Y el problema es que no hay manera de recogerla, de enmendarla, porque una vez que corre como la pólvora ya es imposible seguirle la pista y rectificar en todos los lugares a los que ha llegado. Si a esto le unimos la gran afición que tenemos casi todos a dar pábulo y retransmitir dimes y diretes, el fenómeno adquiere proporciones colosales.
Todo esto viene a que de un tiempo a esta parte parece que se ha levantado la veda y que el “calumnia que algo queda” se ha instalado en nuestras costumbres y nadie está a salvo. Muchas veces, sin darnos cuenta, hacemos de repetidor de cotilleos, más o menos fundados y más o menos malintencionados, que llegan a nuestros oídos sin plantearnos el daño que podemos originar al repetirlos. Resultan increíbles las conexiones que hacemos entre hechos casuales y la capacidad de juzgar sin base de la que hacemos gala. Por poner un ejemplo cercano: estos días las hemerotecas nos han recordado las cosas que se dijeron de Adolfo Suárez cuando todavía estaba en la política. Y esto me hace recordar también que algún político llevó a los tribunales una acusación vertida contra él en sede parlamentaria y la respuesta del juez fue que eran solo lances de la política. Pues lo lamento pero no, el que calumnia tiene la obligación de restituir la fama y no podemos hablar con tanta ligereza ni de los políticos ni de nadie, por mucha inquina que les tengamos.
Recuerdo haber leído que Sócrates aconsejaba hacerse tres preguntas antes de difundir un rumor. ¿Es verdad en todos sus puntos? ¿Es bueno? ¿Es necesario contarlo? De no poder responder positivamente a ellas, invitaba a sepultarlo en el olvido. ¡Difícil! Pero por lo menos marquémonoslo como objetivo.
Se habla mucho de regeneración democrática y entre las muchas cosas que implica este término creo que una importante es cambiar la forma de actuar de algunos políticos porque no todo vale y el fin no justifica los medios. Hemos oído estos días contar a antiguos compañeros de partido y la vieja guardia socialista cómo fue la caída de Suárez y decir que quizás se precipitaron en ese deseo de que se produjera el cambio democrático. Lo cierto es que no hemos aprendido nada. Si miramos lo que está ocurriendo en el Parlamento de Navarra en esta última época vemos que se ha instalado el todo vale y el bien de la Comunidad Foral y la actuación honesta han pasado a un segundo término: lo importante para algunos es el cambio a toda costa, caiga quien caiga.
Yo no compro esta mercancía y tengo claro que esa es la mejor manera de agrandar la brecha, cada vez más abismal, que separa a los ciudadanos de bien de los políticos visionarios. Pero tan culpables son ellos como todos los que les hacemos de correa de transmisión llevados por el morbo del cotilleo. Cada uno que cargue con la responsabilidad de sus actos.

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