Expansión, 11 de junio de 2005
Julio Pomés, Director de Institución Futuro
¿Qué está pasando en Europa? Es el momento, sin duda, de análisis profundos. Vayan aquí algunos apuntes para ello.
¿Qué está pasando en Europa? Es el momento, sin duda, de análisis profundos. Vayan aquí algunos apuntes para ello.

Una de las causas por la que Europa atraviesa un período tan desastroso es la carencia de auténticos líderes en los tres mayores países de la Europa continental. Los políticos no irradian confianza cuando ni se les ve convencidos con las ideas que propagan, ni mantienen su programa en el tiempo. Jacques Chirac, Gerhard Schröder y Silvio Berlusconi no son forjadores activos de la opinión de sus países, sino que se mueven de acuerdo a la volubilidad de las encuestas.
La renuncia a las convicciones europeas para quedar bien en sus propios países es la peor cobardía para la integración europea. La coherencia y el compromiso con unos ideales es condición previa para que un pueblo siga a un líder. Los ciudadanos serán proclives al sacrificio cuando les aliente una persona a la que admiran. El canciller Adenauer fue un gran ejemplo en la destrozada Alemania de la posguerra.
Es una lástima que nuestros actuales gobernantes sean incapaces de transmitir los beneficios que traería el logro de una gran nación europea, aspiración que exige que todos los países inviertan un poquito durante unos años.
En ese panorama, Tony Blair es, sin duda, el líder más prestigioso que tiene Europa, la única figura capaz de sacarla del marasmo.
La clave del carisma del premier británico es su autenticidad. Persuade a los ciudadanos de la democracia más antigua del mundo porque demuestra que sus convicciones son sinceras. Su estrategia para ganar las elecciones ha sido prescindir de la demagogia trasnochada del viejo laborismo y demostrar competencia profesional en la gestión pública, con políticas eficaces que antes eran propiedad de los conservadores. Además, ha sabido ser una piña con su acreditado ministro de Economía, Gordon Brown, al que probablemente tendrá la generosidad de ceder su puesto en un par de años, para que el laborismo tenga una mayoría holgada en las siguientes elecciones.
Blair no es un líder electoralista, sino que tiene la valentía de acometer medidas impopulares cuando las ve necesarias. Un ejemplo es su coraje para afrontar el problema de la calidad de la enseñanza universitaria, con un fuerte aumento de las tasas académicas. Su firmeza en la guerra de Irak no le ha impedido ganar por tercera vez las elecciones, proeza que sólo fue conseguida por Margaret Thatcher.
Aunque es consciente de que su europeísmo no es compartido por muchos británicos, ha sabido fomentar el sentimiento favorable hacia la integración europea. Probablemente, se habría atrevido al referéndum constitucional, si Francia y Holanda hubieran votado a favor. Ahora, intentarlo sería suicida para él y para el europeísmo; de ahí que proponga un período de serena reflexión.
La visión del estadista
Otra cualidad admirable de Blair es su visión como estadista, aptitud que le diferencia del provincianismo de la mayoría de sus colegas europeos. El gran espacio político que quiere construir el premier británico no termina en Europa, sino que intenta lograr vínculos con EEUU mediante la transformación de la rivalidad entre Europa y Norteamérica, en una colaboración sinérgica. Obviamente, el crecimiento de Europa, Turquía incluida, contribuye a que la cohesión europea deba ser menor, por la mayor diversidad de las naciones que la componen. De otro lado, esta medida favorece una integración europea, basada más en la libertad económica que en el intervencionismo de Bruselas.
Al premier no le agrada el excesivo nivel regulatorio que se está generando en la UE. Blair está de acuerdo con Barroso cuando éste afirma que se debe legislar menos para legislar mejor. La complicación viene porque las directivas europeas se añaden a las densas legislaciones nacionales, regionales y locales.
Otra peculiaridad del primer ministro británico es su pragmatismo, rasgo que se traduce en su preocupación por las deficiencias que de verdad inquietan a la mayoría de los ciudadanos: el desempleo, el descontrol inmigratorio, el bajo nivel educativo, la deficiente sanidad, la inseguridad en la calle, etcétera. Sin duda, parte de su éxito reside en que ha sabido hacerse entender por unas clases medias que constituyen una sociedad civil ejemplar.
La receta europea de Blair es convincente porque es asequible y fiable: un avance lento, pero seguro, del proceso de la integración europea, que evite tensiones nacionalistas por la pérdida de soberanía. De otro lado, un equilibrio entre europeísmo y atlantismo que beneficie a la economía.
En cuanto a la innovación ideológica, la aportación más importante que Blair puede exportar a Europa es la superación del mito socialista de la igualdad y su apuesta por el liberalismo social. Se trata de defender el mercado y la libertad individual, sin desatender a los más débiles, pero sin derrochar en el gratis total o en el subsidio universal. Como dice Garton Ash, “la doctrina Blair representa una combinación del estilo de empresa americano con la solidaridad al estilo europeo”.

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