Diario de Navarra, 14 de marzo de 2015
Belén Goñi, directora general de Institución Futuro

En esta era de prisas, estrés e inflación de información, tenemos poco tiempo para leer y profundizar en los temas y por ello, muchas veces, lo que unos y otros repiten en los medios acaba adquiriendo tintes de verdad incontestable. Uno de estos clichés es el que insiste en que, para ser mejor, lo que la educación necesita es más fondos. 

De esa afirmación concluyen algunos que la educación pública no es tan buena, porque parte de los fondos que debería recibir van a la concertada. Y lo malo es que como diagnosticamos mal y somos muy aficionados a la tertulia demagógica, no atacamos los problemas reales y, en consecuencia, no los solucionamos.

Sin duda el dinero permite hacer muchas cosas, pero está más que demostrado que lo que hace mejor a la educación no es un mayor ratio coste por alumno. Por ponerles un ejemplo, Singapur, uno de los países con mejores resultados del mundo, gasta menos en educación primaria que la mayoría de los 30 países de la OCDE. Otro ejemplo: Estados Unidos incrementó el gasto público por estudiante en un 73% entre 1980 y 2005 (considerando el efecto inflación) y bajó el coeficiente alumno-docente y, sin embargo, sus resultados apenas mejoraron. Y lo mismo puede decirse de muchos otros países.

McKinsey, una de las consultoras más prestigiosas del mundo, llevó a cabo un estudio global en 2007 para poder responder a la pregunta de por qué algunos sistemas educativos tienen un mejor desempeño y mejoran con más rapidez que otros. Para ello comparó veinticinco sistemas educativos, incluyendo los 10 con mejores resultados del mundo. Las conclusiones fueron muy claras: los mejores sistemas tienen en común que consiguen a las personas más aptas para ejercer la docencia, las desarrollan para convertirlas en instructores eficientes e implementan sistemas y mecanismos para elevar el estándar de todos los estudiantes. Decía el informe que “la calidad de un sistema educativo tiene como techo la calidad de sus docentes”.

Y la pregunta es: ¿han oído ustedes alguna vez en el Parlamento o a nuestros políticos hablar sobre cómo mejorar la calidad de los docentes? Según el informe mencionado, en Finlandia uno de cada 10 postulantes es admitido para ser formado como docente. En España, la nota de corte para estudiar maestro de primaria en la mayoría de las universidades españolas está entre 5 y 6 (en la UPNA es de 7) y el título para que un licenciado pueda ejercer como docente en secundaria, el famoso CAP, ahora es un máster de fácil acceso que puede hacerse incluso online.

Otra receta clásica es la reducción del coeficiente docente-alumno para mejorar la educación. Casi todos los países de la OCDE han incluido entre sus medidas la reducción de este cociente. Sin embargo, las mediciones que se han hecho parecen demostrar que esta no es una medida efectiva salvo en los primeros años escolares: de 112 estudios que lo analizaron, solo en 9 se observó una relación positiva.

Pero podemos encontrar muchas más evidencias sin necesidad de irnos tan lejos. Uno de los colegios con mejores resultados de España es el colegio Montserrat de Barcelona. Su fundadora, la madre Montserrat (sor innovación como la bautizamos en Pamplona), una monja de las misioneras de la sagrada familia de Nazaret, se fue a Harvard y trajo y adaptó la teoría de las inteligencia múltiples a su colegio en Barcelona. Desde allí está impartiendo formación y proporcionando materiales a muchos otros colegios. Pero es que además ha implantado el mismo modelo en Camerún sin apenas medios y con los mismos brillantes resultados. ¿La clave? ¿El dinero? ¿El número de alumnos por aula? ¿La titularidad del centro? ¿El idioma? No. La adaptación del sistema a los alumnos y a su forma de aprender, a las necesidades del mercado y la gran implicación, formación, trabajo y dedicación de sus equipos. Les animo también a que conozcan el proyecto Escuelas21 de Alfredo Hernando, quien visitó las mejores escuelas del mundo financiado a través del micromecenazgo de muchos interesados en la educación a los que iba trasladando sus hallazgos.

En definitiva, si de verdad queremos mejorar la educación, centrémonos en lo que de verdad la mejora y dejémonos de marear la perdiz. El diagnóstico está más que hecho y muchas de las recetas inventadas. No nos dejemos arrastrar por los tópicos y las discusiones bizantinas que tanto gustan a algunos.


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