El último gráfico semanal publicado por Institución Futuro recaba los datos del INE relativos a la brecha salarial de la que no se puede hablar, la que separa a las mujeres que son asalariadas publicas de las que no, la que divide a los españoles que cobran del sector público y los mortales. Esa brecha no existe. De esa brecha no se puede hablar. Ahí no se produce ningún abuso. No hay ninguna diferencia que borrar y dejemos de hablar.

 

 

Una diferencia notable entre un patrono privado y uno público es que el privado se juega su dinero y el público no. Es decir, al patrono privado le da igual que le amen o le odien. Seguramente prefiere que le amen o no le gusta que le odien, pero no va a pagar un sobresueldo de casi el 50% de su salario a sus empleados para no le odien. Por el contrario, el patrón público no sólo está dispuesto a cambiar sobresueldos por amor sino que a menudo es su única preocupación. En primer lugar porque la primera y casi única preocupación del patrón principal de lo público, el presidente del gobierno, es que los asalariados que dependen de él le voten, y para eso tienen que amarle, o por lo menos no odiarle. Y segundo porque para conseguir eso, a diferencia del patrono privado, no tiene que usar su dinero sino el que le quita a todo el mundo a través de los impuestos. A ver cómo le pides a un político que renuncie a hacerse adorable con el dinero de otros.

 

Todo esto puede parecer un poco exagerado, pero ahí tenemos los datos. Los salarios públicos son desproporcionadamente altos, casi ridículamente altos en relación a los privados. De todos los impuestos que pagamos, la mayor parte se la llevan los sueldos de los asalariados públicos. De lo que pagamos para Sanidad y Educación, también la mayor parte se la come el capítulo de personal. ¿Y por qué cobran mucho más que los asalariados del privado? Porque el empresario privado primero paga con su dinero, y segundo paga por su trabajo. El patrono público paga con el dinero de todos, y no paga el trabajo, o no sólo, sino también el amor y la devoción. No se pueden ganar las elecciones con 3,5 millones de asalariados públicos cabreados, no al menos mientras los asalariados del sector privado carezcan de conciencia de clase.

 

 

Salta a la vista que, por respetable que sea el trabajo de los asalariados públicos, el sobresueldo de unos se produce a costa de empobrecer a los otros. No está justificado. Es injusto. Y además es insostenible. Cada vez hay más asalariados en el sector público y cada vez menos en el privado. Cada vez hay más personas cuyos ingresos vienen del presupuesto y menos cuyos ingresos vienen de fuera del presupuesto. Cada vez por tanto hay menos personas sosteniendo el presupuesto, los salarios públicos, las pensiones y los subsidios, y además esas personas cada vez están, lógicamente, más empobrecidas. Hay que igualar los salarios públicos a los privados porque toda la riqueza del país está siendo consumida por el coste de los salarios públicos. Y hay que igualar por abajo porque los salarios privados no se pagan firmando decretos, sino vendiendo en el mundo real bienes y servicios a precio de mercado. No es el mundo real el que tiene que adaptarse al sueldo de los funcionarios, sino el sueldo de los funcionarios el que tiene que adaptarse al mundo real. Y al gestor público que paga con el dinero de todos un sueldo de 140, donde no debería pagar más de 100, o que bastaría que contratara a 10 personas en lugar de 13, hay que dejar de llamarle progresista y empezar a llamarle inepto y mal gestor de lo público, o algo peor. Algo está haciendo mal el gobierno si los asalariados públicos están contentos con él y si las instalaciones no dan abasto para acoger a toda la muchedumbre de opositores que se presentan a opositar por cada plaza de funcionario. Para poder pagar el estado, no gripar la economía y no desangrar al sector privado en algún momento habrá que normalizar los salarios públicos.

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