Repensemos otras salidas

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BLOG DE INSTITUCIÓN FUTURO

Los pasados años de prosperidad económica fueron el escenario ideal para una clase política que se acostumbró a manejar presupuestos desmesurados. Alimentados desde una economía financista, y en nuestro caso, también por el ladrillo. Todo el mundo especuló, desde los rentistas, pasando por el Estado, empresas y particulares. Había ingentes cantidades de dinero, ¡parecía que el crédito no se acabaría nunca!
El radicalismo cívico de ZP soñó con conseguir un cielo en la tierra, extendiendo viejos derechos e introduciendo otros nuevos, sin importarle forzar el sentido natural de las relaciones humanas. Todos sabemos que hubo/hay abusos en las prestaciones sociales, en las ayudas de todo tipo, contribuyendo a ocultarlos el buenísimo ambiental. Lo público cuenta con demasiado prestigio entre la ciudadanía. Lo presentan como garantía de modernidad y eficacia, ignorando su gigantismo pernicioso.
El Estado debería acometer sólo lo que no puedan hacer los particulares, la extensión alocada de lo público en España agravada con las autonomías, nos hace más dependientes a ciudadanos y empresas. Los presupuestos representan más del 40% del PIB en la mayoría de estados. Este gigantismo favorece a políticos, grandes empresas e instituciones financieras, que se auto sostienen mutuamente. Aprovechándose del prestigio del Estado del Bienestar (EdB) lo utilizan en provecho propio, así les es más fácil obligar al resto a pasar por el aro, con mayores controles, nuevas barreras a la libre competencia, convenciendo a la ciudadanía de la excelencia de lo grande y de la inviabilidad de lo pequeño.
Muchos añoran el EdB anterior a la crisis, pero olvidan que el sistema estaba hipertrofiado, apoyado en una enorme presión fiscal sobre las clases medias y asalariados. Las necesidades financieras crecieron exponencialmente al ofrecer continuamente nuevos servicios gratuitos, sostenidos por el continuo endeudamiento de estados, empresas y familias.
El EdB lo tiene difícil, a la crisis económica se le une la del sistema, condimentadas por la corrupción. La globalización dificulta a los mercados abiertos de Europa, competir con el modelo chino (economía pujante gracias a los salarios de miseria con los que explota a sus trabajadores); por no tener suficientes hijos, que alimenten la solidaridad que precisan las prestaciones públicas: pensiones, sanidad, educación, carecemos de suficientes contribuyentes, para poderlas pagar.
Deberíamos apoyar una vía más realista, apoyada en administraciones más pequeñas, más fácilmente financiables, sostenidas por una mayoría de pequeños propietarios. Dicho de otra manera, necesitamos que la propiedad esté mejor repartida para mitigar el poder de los grandes corporaciones. La crisis ha depauperado a mucha clase media y asalariados. La salida más justa la deberían apoyar las personas con sentido común, las de la pequeña propiedad privada PPP, esto es, la misma que siempre ha movido al mundo.
La PPP posibilita que tanto la familia que posee un hogar en propiedad, como el tendero que posee una pequeña tienda, o el ganadero de una pequeña propiedad agraria, experimenten lo que es la propiedad, la disfruten y le saquen el mejor fruto, porque la pueden tocar, palpar y explotar.
Los enemigos de la PPP son dos: el Estado, porque es grande, y los mercados financieros, porque también lo son
. Uno y otros nos engañan del mismo modo: asegurando que todos somos propietarios del Estado, pero sabemos que esto es un sofisma. Salvo el 0,7% dedicado a la asignación a la Iglesia / ONG, nada podemos decidir sobre el destino de nuestros impuestos: los políticos hacen lo que les viene en gana.
La historia de lo público, en gran medida, es la historia del derroche del dinero de los demás. No es propiedad privada, es propiedad fiduciaria: donde otros deciden por ti. Lo mismo ocurre con los mercados financieros: son grandes, por eso son peligrosos. El pequeño accionista en un gran banco no pinta nada, al margen de la retórica, son el staff y los gestores de los fondos los que mandan.
El paro tendrá solución sólo cuando potenciemos más las pymes, emprendedores, comerciantes, pequeños agricultores, autónomos, que constituyen los agentes económicos más eficientes, más competitivos, en definitiva, más libres. No se trata de buscar subvenciones, se trata de que no introduzcan nuevos y continuos condicionamientos administrativos. En la práctica, los pequeños pagan más impuestos que los grandes, y las medidas legislativas se escoran siempre a favor de los poderosos. ¡Muchas cosas deberían cambiar con la salida de la crisis!

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