Es la hora de la sociedad

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BLOG DE INSTITUCIÓN FUTURO

Desde Tocqueville, sabemos que una democracia necesita una sociedad civil fuerte. Y que sin una sociedad civil fuerte las instituciones políticas serán frágiles. En España siempre hemos dado por hecho que teníamos una sociedad civil débil y, en consecuencia, aceptado de forma fatalista que nuestra democracia tenía que ser forzosamente de baja calidad.
¿Qué mejor prueba de todo ello, podría argüirse, que la actual crisis? Según las encuestas, a los ojos de la ciudadanía, la mayoría de las instituciones políticas de este país (los partidos políticos, el Parlamento, la judicatura o la Monarquía), se encuentran totalmente desprestigiadas.
Pero no es la desafección lo que sorprende a los observadores internacionales cuando vienen a este país (¿cómo no iba a haberla?) sino la desmovilización de la sociedad. ¿Cómo es posible, se preguntan, que una sociedad con seis millones de parados y una crisis política tan profunda, no esté intensamente movilizada? ¿Por qué la gente no está en las calles?
Es una pregunta sumamente interesante cuya respuesta nos concierne a todos.
Parte de la respuesta está en que, en comparación a los años de la transición, cuando la gente pensaba que la política era la solución a los problemas, hoy la mayoría de la gente parece pensar que la política es el problema. Alguien que en los años setenta u ochenta se adhería a un partido político parecía un idealista, hoy parece alguien sospechoso. Esto significa que, donde en nuestro pasado más reciente, las personas consideraban que un partido o sindicato era el vehículo natural para canalizar sus demandas de transformación social, hoy en día esos vehículos están desprestigiados. Malas noticias por este lado: la gente no va a afiliarse a un partido ni crear nuevos. La regeneración democrática no vendrá por ahí.
Sin embargo, la historia no termina aquí. Uno de los elementos más interesantes de estas crisis es la aparición de múltiples iniciativas, plataformas, asociaciones y movilizaciones sociales. Desde el 15-M hasta la Plataforma contra los desahucios, la marea verde, etcétera, es indudable que en nuestra sociedad han aparecido nuevos actores. Ante este fenómeno podemos adoptar dos tipos de actitudes.
Podemos criticarlas por su debilidad, por su inconstancia, por su falta de recursos, por su falta de profesionalidad, por su falta de definición ideológica o por la confusión de objetivos. Claramente, no tienen burocracias organizadas ni son embriones de partidos políticos.
Pero también podemos verlas como síntomas de una sociedad civil que se está sacudiendo progresivamente el letargo de la apatía y el conformismo y que está experimentado con nuevas formas de participación, unas veces de forma exitosa, otras no.
Estas iniciativas, aunque sean sociales, están sometidas a leyes de mercado, que también rigen los mercados de ideas, o los mercados de necesidades. Unas triunfarán, otras fracasarán, en función de la inteligencia de sus gestores a la hora de identificar demanda y oferta, lograr y utilizar los recursos disponibles, saber conectar y llegar a la gente. A su favor tienen algo novedoso: las redes sociales, que permiten llegar a todo el mundo de una forma instantánea y viral, pero que también obliga a mejorar las técnicas de comunicación para lograr capturar la atención de la sociedad.
Es la hora pues de los emprendedores sociales, gente de los que sabemos poco, pero que tienen en su mano algo de un valor incalculable, la capacidad de movilizar a la sociedad. Piensen en Ada Colau y el movimiento contra los desahucios. En mi próxima entrada, más sobre los emprendedores sociales: es su hora.

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