El gran pacto que Europa necesita no está listo (y dos)

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BLOG DE INSTITUCIÓN FUTURO

Viene de "El gran pacto que Europa necesita no está listo (uno)"

Que la crisis del euro genere tanta incertidumbre y tensión se debe, sin duda alguna, al hecho de que el euro ha sido la construcción más compleja a la que ha dado lugar el proyecto europeo. Pese a su materialización práctica, la unión monetaria fue siempre, en gran medida, un logro impensable.
Impensable económicamente, porque sólo la perseverancia política de los que diseñaron la unión monetaria explica que se pudiera llevar adelante un proyecto que contaba con el rechazo expreso de toda la comunidad de economistas. Economistas que machaconamente insistían en que los miembros la UE no sólo no reunían las características de “zona monetaria óptima” que permitieran asegurar el éxito del proyecto y, a la vez, tampoco incluían en el proyecto las instituciones (fueran eurobonos, un Tesoro común, un verdadero presupuesto o una política fiscal común) que garantizaran su supervivencia en caso de una crisis.
Impensable también políticamente, puesto que las resistencias ante la increíble cesión de soberanía que el proyecto significaba sólo pudieron ser vencidas por el shock político y psicológico que produjo la perspectiva de la unificación alemana. Por esa ventana de oportunidad que representó la caída del muro de Berlín se coló un líder excepcional, Helmut Kohl, que convenció a los alemanes de que a cambio de la unificación tendrían que compartir su joya más preciada, el símbolo en el que se había anclado la identidad de la Alemania surgida de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial: el marco alemán.
Si la crisis actual ha servido para algo, es precisamente para ilustrar retrospectivamente hasta qué punto la nave del euro se hizo a la mar sin haber completado su diseño, sin pedir permiso a los economistas y, por supuesto, sin haber pedido permiso a los ciudadanos. Los impulsores del euro fueron perfectamente conscientes de que tenían una única oportunidad, que difícilmente se repetiría en una generación, de lanzar el proyecto europeo hacia una nueva fase completamente distinta de integración y, por ello, confiaron en que el barco se repararía en alta mar. Por tanto, aunque los que entonces criticaron el proyecto se sientan hoy reivindicados y señalen con el dedo a la vez que vociferan “¡ya lo dijimos!”, lo cierto es que se equivocan y que, hoy como entonces, demuestran no entender la historia de la integración europea ni su lógica subyacente.
Esa lógica no es otra que la de la irreversibilidad: lo que se pretendió siempre, tanto con el mercado interior como con la unión monetaria, fue desencadenar un proceso de fusión económica que llevara a la fusión de intereses políticos. Como muy bien intuyeron los padres fundadores del proyecto, ese proceso funcionaría a pesar de los líderes políticos, que se resistirían a perder poder, no gracias a ellos. En cada encrucijada, intentarían ceder el mínimo poder y preservar el máximo de autonomía, pero el contexto económico y la opinión pública les empujarían a dejar de lado sus visiones cortoplacistas y preservar la prosperidad del común.
Para algunos, esa lógica resulta asfixiante políticamente y abrasiva con sus identidades, hasta el punto de que la rechazan y combaten activamente. Pero para la mayoría de los europeos, más Europa lleva significando más bienestar, más paz y más democracia durante demasiados años como para, por más problemas que tenga el proyecto europeo, abandonarlo y arrojarse en brazos de los populismos xenófobos y antieuropeos.
Hoy como después de la caída del muro de Berlín, todas las miradas convergen sobre Alemania. Una Alemania cuyos logros son admirables y que con toda razón se merece liderar el proyecto europeo. Sin embargo, por razones que tienen que ver con su historia, economía, opinión pública y cultura política, Alemania renuncia a ser decisiva, a forzar un salto cualitativo en la integración europea. Como ocurriera en 1989-1991, Berlín tiene ante sí esa posibilidad, pero en lugar de rediseñar Europa y tirar de ella decisivamente hacia el futuro, prefiere limitarse a parchear el diseño actual e imponer controles más estrictos sobre los mecanismos existentes. Por esa razón, el debate europeo se encuentra encallado entre la austeridad y los estímulos; el papel del Banco Central Europeo como garante de la estabilidad de precios o el crecimiento; los partidarios de los recortes y los de las reformas; el cumplimiento de las reglas o el cambio de las reglas. Sabemos que de esta crisis sólo se saldrá con un gran pacto, un pacto que incluyera todos esos elementos que sabemos que son necesarios: un nuevo pacto fiscal y de austeridad, sí, pero también un nuevo papel del BCE, un Tesoro común europeo, un presupuesto común más amplio y una representación económica exterior común. Ese pacto no está hoy todavía al alcance de los los políticos europeos. Sin embargo, el pacto llegará, siquiera porque los mercados empujarán al euro hasta el límite, forzando, una vez más, a los Estados a seguir adelante. Puede que Europa toque fondo en 2012, pero difícilmente retrocederá: ha llegado demasiado lejos como para poder permitirse esa opción.

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