2011: Balance y perspectivas

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BLOG DE INSTITUCIÓN FUTURO

Por Javier Troyas, presidente de Institución Futuro

La Navidad y el Año Nuevo por su tradicional carácter de fiestas compartidas en familia y amigos más cercanos, representa una oportunidad privilegiada para hacer balance personal y social, para reflexionar sobre el sentido de nuestra vida. A su vez, invita a encarar el futuro inmediato con nuevos retos y proyectos y, quizá, el reajuste previo de determinados valores y conductas.
Con este artículo me gustaría recordar una serie de valores éticos y morales cuya aplicación siempre ha sido saludable a lo largo de la historia y han contribuido a crear sociedades más justas. Su naturaleza intemporal los hace vigentes en cualquier momento y mucho más, si cabe, en las circunstancias actuales.
La humildad y la modestia contribuyen, sin duda, a conformar unas personas responsables y respetuosas de la opinión ajena y, por tanto, a valorar y admitir ideas y sugerencias provenientes de los sujetos con sentido común. A la altanería de determinadas instituciones públicas, de no pocos políticos y de líderes sociales, incapaces de reconocer los propios errores y de rectificar, le vendría muy bien el contrapunto de virtudes que les ayudarían a rebajar sus egos y, por tanto, a actuar de forma más humana, sensata y eficaz. Por otra parte, la humildad tiene que ser compatible con la ambición de crecer y mejorar, siempre, claro está, que todos mantengamos los pies en el suelo.
Vinculada a los valores anteriores se halla la tolerancia, especie en peligro de extinción a juzgar por las descalificaciones permanentes que se han venido gastando entre sí los distintos partidos políticos, y más ahora que estamos obligados a remar todos juntos. Ponerse en el lugar del otro es un requisito imprescindible si se busca una convivencia social grata y justa, por lo que los agentes sociales, poderes públicos, empresarios, sindicatos, trabajadores y ciudadanos en general, deberíamos cultivar la virtud de la tolerancia de modo sistemático. Ser tolerantes, prueba inequívoca de madurez, nos hace más comprensivos y sabios, no más débiles.
En la raíz de la crisis económica y financiera se ha detectado un problema social de efectos devastadores: la falta de honradez. La carencia de principios ético-morales y la consiguiente sacralización del dinero, los negocios puramente especulativos y el afán de enriquecimiento al margen de la dignidad y el bienestar de millones de ciudadanos y aun de países enteros nos han llevado al borde del precipicio. Si no se establece la primacía de la ética en las relaciones humanas, incluidas las de naturaleza económica, el mañana se prevé poco esperanzador.
Entre los rasgos sobresalientes asociados a la Navidad figura, cómo no, el de la solidaridad. Bien es cierto que con frecuencia imperdonable esa fraternidad suele ponerse en práctica sólo por unos días. Las noticias del año 2011 referentes a familias expulsadas de sus casas por no poder hacer frente a sus obligaciones hipotecarias, el aluvión creciente de ciudadanos asiduos de comedores sociales y la impotencia de muchas entidades solidarias, Caritas a la cabeza, para satisfacer las crecientes demandas de los españoles más desfavorecidos, evidencian la necesidad de cultivar la solidaridad durante todo el año.
Como he indicado al principio, la Navidad propicia las reuniones de los familiares alrededor de una mesa, favorece el encuentro de personas alejadas a menudo en el tiempo y en el espacio y, en último término, subraya la importancia de esta célula esencial de la sociedad, la familia. Las perturbaciones políticas, económicas, sociales y culturales que aquejan a la sociedad actual revelan la necesidad de potenciar al máximo las virtualidades insustituibles de la familia en la esfera de la educación, capaz de dotar a sus miembros de las herramientas conceptuales, afectivas y ético-morales indispensables para sacar a flote a todos sus miembros en un contexto público muy difícil.
¿Cómo se vislumbra el 2012? Todos los indicadores vaticinan un año cargado de problemas económicos, de paro, de incertidumbre… Por desgracia, nadie tiene una varita mágica capaz de arreglar la crisis de un plumazo. En cualquier caso, parece evidente que la esperanza y el afán de superación constituyen requisitos básicos para encarar el futuro con cierta garantía de éxito. Por mi parte, también he querido aportar una batería de valores éticos y morales, patrimonio de la ética universal, susceptibles de ser aplicados siempre para mejorar la autoestima y dignidad de las personas en todo momento y, desde luego, para ayudar en la medida de lo posible en la salida de la crisis.
Que el espíritu de estos días inunde nuestros corazones y nos acompañe en todos los momentos de dureza, esperanza y alegría del próximo año.

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