España no puede quebrar

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BLOG DE INSTITUCIÓN FUTURO

Llevamos meses escuchando que estamos en un pozo, que es el fin del mundo conocido, que todo se va a la porra, etc. Y en una especie de ruleta macabra se apuesta por la quiebra de Grecia, de Italia, de España o de todas ellas. Bloomberg, profesor de la Universidad de Boston, ha escrito un artículo muy interesante sobre la segunda suspensión de pagos de España bajo el reinado de Felipe II. Dicha suspensión fue más política que económica. Felipe II estaba muy endeudado pero su mayor problema era la imposibilidad de subir impuestos por la oposición de Las Cortes y el clamor popular. El pueblo no quería una subida de impuestos, y pedía que no se pagara a los prestamistas extranjeros. El impago de España produjo una reacción en cadena que arrastró a los prestamistas a una quiebra cierta. A los dos años, España suplicaba por una refinanciación y volver al status quo anterior. Felipe II suspendió pagos en 1557, en 1575 y la última en 1596. Aunque ya ha pasado más de 400 años, todavía se estudia y se recuerda. Si exceptuamos la Guerra Civil, la última bancarrota fue en el siglo XIX. Estados Unidos tampoco pagó la deuda de los estados Confederados y todo el mundo dice que nunca han suspendido pagos.
Pero, ¿puede, en la actualidad, quebrar un Estado? En el caso de la quiebra de una empresa, los acreedores nombran unos administradores. Estos revisan la deuda existente y la tratan de cuadrar con los activos de la compañía. Si éstos no llegan a cubrir la deuda, los fiadores tendrán que asumir la pérdida. Ahora bien, la suspensión de pagos de un país es muy distinta. William Rhodes, Presidente de Citigroup en los años 80, sentenció “Countries don´t go bankrupt”; algo así cómo: los países no entran en bancarrota. Si un país decidiera declararse en quiebra, dejaría de pagar una parte de sus deudas, como pasa con las empresas. Esto provocaría un cierre en seco de toda la financiación exterior en el país. Además, todo lo que exportase le sería confiscado en pago del saldo pendiente. Las deudas comerciales no tienen inmunidad diplomática. En la práctica, supondría verse cerrado al exterior con un impacto brutal sobre su economía. Y como siempre con consecuencias muy graves para la población, especialmente para los más pobres y desamparados. Normalmente, los ricos tienen recursos para sacar el dinero a tiempo.
La alternativa más común es que el país se siente a negociar con el FMI una nueva ampliación del pago de la deuda con un compromiso de pago de la misma en unas condiciones más laxas. Lo normal es que se alargue el plazo de devolución a cambio de aumentar sustancialmente el principal. Ahora bien, el país deberá comprometerse a cumplir con un severo ajuste de su gasto público y subidas de impuestos que aseguren el cobro de los plazos del préstamo. Por desgracia, al FMI le importa más cobrarse la deuda que las implicaciones económicas que se derivan de la aplicación de sus planes de ajuste. Obviamente, en este segundo caso, los recortes presupuestarios y subidas de impuestos provocarían más penurias para los más desfavorecidos. En muchos casos, el colapso que provocan los ajustes hace que se enquiste el círculo vicioso de ajustes y refinanciación de la deuda.
Decía Benjamin Graham, maestro del multimillonario Warren Buffet, que “Dado que el bono es una inversión con una rentabilidad limitada (tienen un tipo fijo, en el caso español el 5% a diez años), nuestra principal preocupación debe ser la de evitar perder dinero: La selección de bonos es sobre todo un arte negativo. Es un proceso que consiste en excluir y rechazar más que uno de buscar y acertar”. En definitiva, que debemos elegir la mejor rentabilidad entre los países que menos probabilidad tengan de quebrar. El bono griego está a un atractivo 21% anual para el inversor que le gusten las emociones fuertes. Yo no le arriendo la ganancia.

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